La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

16 Junio 2010

La Tercera España

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Esperanza Aguirre, Presidente de la Comunidad de Madrid, replica en el Parlamento madrileño a la oposición socialista, sobre las pretendidas bondades de la II República Española, aportando la biografía de Ortega, Pérez de Ayala y Marañón. Vía ECD, 010610.

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Del goyesco duelo español

Dado que los titiriteros han optado por volver a dividir a nuestra sociedad en 'buenos' y 'malos', como sinónimos respectivos de izquierda y derecha, oportuno es recordar algunos pasajes del magnífico artículo publicado por Eve Giustiniani sobre el exilio de aquella Tercera España que, simpatizando -en muchos de los casos- con el republicanismo, se dio enseguida cuenta de que jamás apoyaría la deriva que el sistema tomó en España, fundamentalmente a partir de 1936. Esa goyesca pintura negra de la 'Riña a garrotazos'.

EQM

El exilio del 36. Los españoles de París

De 'El exilio de 1936 y la Tercera España. Ortega y Gasset y los blancos de París, entre franquismo y liberalismo'. Artículo de Eve Giustiniani en Circunstancia. Año VII - Nº 19 - Mayo 2009. Vía Fundación José Ortega y Gasset. Aquí para leer el texto completo.

El 31 de julio de 1936, se publicó en ABC-Madrid un manifiesto de "Adhesiones de intelectuales" a la Republica. "Los firmantes -rezaba el texto- declaramos que ante la contienda que se está ventilando en España, estamos al lado del Gobierno de la República y del pueblo, que con heroísmo ejemplar lucha por sus libertades". Lo firmaban, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Gustavo Pittaluga, Teófilo Hernando, Pío del Río Hortega, Ramón Menéndez Pidal, Antonio Marichalar, así como los tres fundadores de la Agrupación al Servicio de la República (ASR): José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Unas semanas después, casi todos estos intelectuales habían huído de Madrid para refugiarse a Francia, Inglaterra, Suiza, América latina o Estados Unidos. Con el estallido de la guerra, el universo cultural de la Edad de Plata se había derrumbado.

Huída, instalación y vida en París

En París desembocaron varios de estos intelectuales: los escritores Pérez de Ayala, Pío Baroja y Azorín, los filósofos Manuel García Morente et Xavier Zubiri, el escultor Sebastián Miranda, el arquitecto Segundino Zuazo, el físico Felipe Blas Cabrera, los médicos Gregorio Marañón y Teófilo Hernándo. ¿Porqué París? No sólo porque Francia es un país fronterizo, fácilmente alcanzable por tierra o por mar. Existe una tradición francófila en la cultura española del primer tercio del siglo XX; estos intelectuales son a menudo francófonos, admiradores de la cultra y las letras fancesas, y algunos de ellos han terminado sus estudios o pasado temporadas en la capital y a veces, han sido distinguidos en el país vecino, a semejanza de Marañón, doctor honoris causa de la Sorbona, o de Ortega, que desde 1935 era "Commandeur de la Légion d'Honneur", lo que le ayudó a conseguir un visado en el momento de su huída.

Pío Baroja, en un artículo titulado "Los españoles en París", publicado en La Nación de Buenos Aires el 30 de mayo de 1937, narró con su peculiar estilo la progresiva llegada a Francia de estos grupos de españoles. Casi todos se consideraban a sí mismo como refugiados; huyeron de España empujados por el miedo, un factor común y no despreciable, aunque no lo explica todo. Gregorio Marañón huyó asustado por las ejecuciones del 23 de agosto de 1936 en la Cárcel Modelo, en las que murieron Melquíades Álvarez, Manuel Rico Avello, ex secretario de la ASR, o Fernando Primo de Rivera, que fue su colaborador en el Instituto de Patología Médica (López Vega, 2008: 58). Manuel García Morente vió cómo su yerno era asesinado por la FAI de Jaén. Ramón Pérez de Ayala escapó de poco a un "paseo" en Madrid, gracias al enfrentamiento del chófer del Museo del Prado, anarquista de la CNT, que impidió la entrada a su domicilio del hombre encargado de buscarlo.

A Azorín, le impresionaron las ejecuciones de su cuñado, Manuel Ciges Aparicio, gobernador civil de Ávila, fusilado por los franquistas; y de Ramiro de Maeztu, matado por un grupo de milicianos el 28 de octubre de 1936, en el cementerio de Aravaca. Sin embargo, como lo matiza un biógrafo, "la realidad es que la salida de Azorín es voluntaria, porque a pesar de sus temores [...] nadie le garantizaba la represión"; no corría realmente peligro (Llorens García, 1999: 13). De la misma manera, el testimonio de Pablo de Azcárate desacreditó las amenazas de las que hubiera sido objeto Alberto Jiménez Fraud, otro de los exiliados de 1936. Según el embajador en Londres, ninguno de los colaboradores del director de la Residencia de Estudiante sufrió ataques o persecuciones efectivos (Azcárate, 1976: 56).

Ortega, por su parte, había vivido en alerta durante los primeros meses de 1936; su propio hermano, Eduardo, fue víctima de una tentativa de atentado en abril. Preocupado por las consecuencias que tendría la elección del Frente Popular español, el filósofo había ideado alejarse de España mucho antes del principio de la guerra. Como lo contó a su traductora Helene Weyl una vez refugiado en Francia, el 29 de octubre de 1936, "en febrero, las elecciones; al ver su resultado (esto es confidencial) yo resolví irme de España comprendiendo lo que iba a venir" (Martëns, 2008: 185). A tal efecto, organizó un ciclo de conferencias en Holanda con su amigo Johann Huizinga, durante la primavera de 1936, y proyectó un largo viaje a Panamá y otros países de América Latina.

Pero una grave enfermedad de la vesícula, que se declaró unos días antes de la fecha prevista de salida, le obligó a quedarse en Madrid. Su domicilio de la colonia El Viso tanto como el de su suegro, en la calle Serrano, eran inseguros; la familia encontró refugio pocos días después de la sublevación en la Residencia de Estudiantes, que se encontraba bajo protección norteamericana y británica (Ribagorda, 2006). Desde ahí, Ortega organizó su salida hacia Francia, via Valencia, en un barco que les llevó hasta Marsella. Después de dos meses en La Tronche, cerca de Grenoble, llegaron a París, donde ya se encontraban otros refugiados españoles, entre los cuales el fiel Manuel García Morente, que les ayudó a planificar su estancia en la capital francesa (Giustiniani, 2006a: 323-329).

El exilio parisino de Ortega, que duró los tres años de la Guerra Civil, fue entrecortado por estancias en Holanda (abril-agosto de 1937) y Portugal (febrero-mayo de 1939). Fue marcado por la enfermedad -Ortega fue operado dos veces de las vías biliares y escapó de poco a la muerte-, las dificultades financieras -causadas por la interrupción de la actividad editorial en España, que era su principal fuente de ingresos-, y un estado de ánimo vacilante, lastrado por accesos de depresión y un sentimiento de soledad punzante. Sin embargo, pudo encontrar amparo entre los españoles de París, que pronto reconstruyeron su círculo de sociabilidad. Sobre todo a partir de 1937, cuando la situación del frente se estabilizó en la incertidumbre, y los españoles, que empezaban a instalarse en su paradero, iban convirtiéndose de refugiados en exiliados.

Marañón, al contrario de Ortega, no tuvo dificultades económicas durante la guerra, porque fue autorizado por el gobierno francés a ejercer la medicina. Su estancia en París transcurrió entre los hospitales y los archivos parisinos, donde preparaba los libros que realizó durante estos años: Españoles fuera de España, Elogio y nostalgia de Toledo, el Manual de diagnóstico etiológico, o Luis Vives, un español fuera de España, entre otros. También viajó a América Latina, impartiendo conferencias, en 1937 y 1939. Menéndez Pidal, que había huído de España junto a Marañón, en diciembre, pero que se había quedado bloqueado un par de días más que el médico en el puerto de Alicante, se fue rumbo a Cuba, invitado por la Universidad a dar conferencias (Redondo, 1993: 50).

Pérez de Ayala logró llegar a Marsella en barco desde Cartagena, protegido por la Embajada británica; y después una estancia en Hossegor en septiembre de 1936, se instaló en París, donde se enteró por la prensa de su destitución en el cargo de director del Museo del Prado y del nombramiento en su lugar de Pablo Picasso. Desde mediados de julio de 1938 hasta junio de 1940, se quedó en Biarritz; durante la Guerra realizó cinco viajes a Londres de duración variable (Friera Suárez, 1997).

Azorín, a pesar de que no hablaba francés, eligió también París como tierra de exilio, en nombre de su admiración por las letras francesas; siempre evocaría con añoranza aquel París idealizado : el Barrio Latino en el que deambulaba, los pretiles del Sena donde compraba libros, los museos y jardines. Sus escritos -como las recopilaciones Españoles en París (1939), Pensando en España (1940) o París (1945)- están poblados de personajes melancólicos tanto como de evocaciones nostálgicas de su tierra española. En la capital francesa Azorín no se sentía a gusto, aunque vivía en un barrio burgués, y -al contrario de lo que pretende en sus escritos- con cierta holgura económica, gracias a la frecuencia de sus publicaciones. Pío Baroja también vivía de sus artículos para La Nación de Buenos Aires.

Durante la mayor parte de la guerra vivió en el Colegio de España, gracias al respaldo de Aurelio Viñas, el director adjunto del Institut Hispanique de Paris, que colaboraba con la representación diplomática oficiosa de los franquistas en París y ayudó a todos aquellos exiliados. Baroja dedicó tres novelas (dos de las cuales denotan una fuerte inspiración autobiográfica) a la guerra civil: Susana y los cazadores de moscas (1938), Laura o la soledad sin remedio (1939) y El cantor vagabundo (1950), a las cuales hay que añadir una novela póstuma, Las miserias de la guerra, publicada por Caro Raggio en 2006. También firmó dos libros de carácter más político, Aquí París y Ayer y hoy, que constituyen otro testimonio sobre la vida de los exiliados de París.

Estos exiliados tuvieron, en París, una vida social que rozaba la endogamia. Organizaban cenas o tertulias informales en casa de uno u otro para intercambiar las últimas informaciones, comentar los rumores, emitir hipótesis sobre el desarrollo de los eventos. Traían cartas que no podían descifrar solos porque eran demasiado codificadas -censura obliga-: como lo escribió Ortega a Justino de Azcárate el 20 de septiembre de 1938, "el correo no tolera hoy más que abstraccciones, vaguedades y simbolismos" (CD-A/62). Los exiliados de París también instalaron una red de solidaridad a la que Ortega, de forma discreta y lejana, participó. Marañón también ayudó a muchos compatriotas: como lo subraya Antonio López Vega, "se convirtió en embajador frecuente de causas perdidas" durante el exilio, gracias a sus contactos con las autoridades francesas y españolas (López Vega, 2008: 230).

A pesar del ambiente de solidaridad y empatía creado entre los españoles de París, Ortega no gustaba mucho de su compañía; el 15 de septembre de 1936 contaba a la Condesa de Yebes, refugiada en Biarritz, que huía los sitios donde se encontraban "compatriotas hacinados", porque generaban, "por el simple contacto, una nerviosidad que no beneficia nada a la actuación util, antes bien suele llevar a visiones halucinantes de las cosas" (CD-Y/14). La soledad sufrida por Ortega durante su exilio fue, en buena medida, fruto de un auto-aislamiento; un retraímiento que le permitía evitar el "delirio colectivo", al tiempo que le brindaba la soledad ensimismada que necesitaba para escribir.

Su viaje a Holanda, durante la primavera de 1937, se debió esencialmente a que consideraba imposible trabajar bien en París. Sin embargo el filósofo se dió cuenta retrospectivamente de que este círculo de sociabilidad reconstruído en París era fundamental para su propia estabilidad de ánimo; más tarde, cuando se encontró aislado en Argentina o Portugal, afirmó que echaba de menos este ambiente familar y solidario.

Una aparente equidistancia

El auto-aislamiento de Ortega también se debió a su voluntad de permanecer alejado de los rumores. Durante los primeras semanas de su exilio, no se sentía en seguridad; seguía temiendo por su vida y la de sus familiares. Le preocupaban las posibles represalias que podía sufrir, tanto en el bando nacional -a causa del famoso manifiesto de apoyo a la República que tuvo que firmar antes de salir de Madrid-, como en el bando republicano -por haber ‘inspirado' a José Antonio Primo de Rivera y demás ideólogos falangistas-. En suma, se creía persona non grata en ambos bandos, y el silencio político que había adoptado en 1932 al disolver el grupo parlamentario de la ASR revelaba ser, una vez exiliado, una adecuada medida de protección.

Antes de instalarse en su piso parisino del 43 de la calle Gros, en noviembre de 1936, el filósofo tomó muchas precauciones y pidió a los amigos con los que comunicaba que respetaran su voluntad de discreción, al tiempo que se él mantenía informado sobre la suerte de de los demás exiliados y los amigos que se encontraban todavía en España. Conservó esta actitud a lo largo de la guerra: "conviene que conozcamos seriamente las vicisitudes y actuaciones principales -escribía a Luzuriaga el 20 de julio de 1937-, sobre todo de nosotros mismos y de nuestros amigos, porque otra cosa podría dar lugar a errores y meteduras de pata aun más graves" (CD-L/66).

Públicamente, el filósofo cultivaba el silencio y la equidistancia. En el "Prólogo para franceses" a la traducción de La rebelión de las masas, redactado durante la primavera de 1937, ¿no escribía que "ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infínitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil" ? (IV, 364). El 9 de marzo, escribía a su traductora alemana, Helene Weyl, que llevaba seis meses "en absoluto rompimiento con un gobierno y no adscripción al otro". Un mes después, reiteraba, con algo de mala fe: "Desde que salí -hace ocho meses y medio- yo no he escrito una linea a ni he recibido una palabra directa de ninguna de las dos Españas".

Estas declaraciones respondían sin duda a una necesidad de auto-justificación frente a otra exiliada -Helene y su marido, el matemático Hermann Weyl, habían huido la Alemania nazi para refugiarse en Princeton-, y a un instinto de protección que no hay que olvidar a la hora de evaluar el famoso silencio de Ortega.

Le pasaba algo muy similar a Azorín, sospechoso en ambos bandos; durante la Guerra Civil adoptó, como lo apunta Juan Marichal (1996), una postura de no-beligerancia poco favorable a la República, similar a la que justificaría la política de la no intervención anglo-francesa. En cuanto a Claudio Sánchez Albornoz, a pesar de definirse a sí mismo como "demócrata y liberal por nacimiento", explicó más tarde que "estaba a mil años-luz de los enemigos de la democracia y la libertad del campo fascista, pero tampocó [s]e podía sentir identificado con quienes, en el republicano, [...] de haber triunfado, habrían instalado el comunismo, muy fuerte ya en Valencia en 1937" (Sánchez Albornoz, 1976: 239).

Otro caso cercano a Ortega revela la complejidad de estas adscripciones ideológicas, a veces forzadas: el de Blas Cabrera. El físico se fue a París a finales del verano de 1936, muy optimista, multiplicando los gestos de fidelidad a la República: petición de reintegración a la Universidad, visitas al embajador en París, Luis Araquistáin. Pero el alistamiento de sus hijos en el bando sublevado; el tono perentorio de la convocación del nuevo rector, José Gaos, a un consejo universitario extraordinario; y "la rapidez de la evolución de las cosas, junto con el insistente consejo y ruego de los amigos", empezaron a hacerle dudar.

"Todo esto ha tumbado su ánimo optimista y confiado y le ha inyectado gran copia de preocupación, temor y recelo -relataba García Morente a Ortega- [...]. No quiere ya volver y cavila sobre los modos de justificar su permanencia aquí". El propio Cabrera apuntaba en una carta a Ortega que "en este París me encuentro hoy medio Madrid en idéntica situación". El epílogo de la historia es bastante irónico: en noviembre de 1936, Blas Cabrera se entera de que los ‘nacionales' también sospechan de él, por haber sido el rector de la última Universidad internacional de Santander.

Xavier Zubiri, otro de los refugiados parisinos del círculo de Ortega, pues fue su alumno en la Facultad de Filosofía y Letras, se sentía igualmente excluído en ambos bandos; en el sublevado, su secularización para contraer matrimonio no sentaba nada bien, y en el republicano, su posición y comportamiento se consideraban demasiado católicos (Castro, 1986: 66). Según García Morente -principal informador de Ortega antes de que éste llegase a Paris-, Zubiri se encontraba no obstante en una posición confortable, porque al contrario de Blas Cabrera, no había firmado su petición de reintegración a la Universidad. Además, se había distanciado ostensiblemente de su suegro, Américo Castro, que se había ido a Buenos Aires y, apuntaba un perspicaz Morente, no parecía dispuesto a volver antes de muchos años.

Otros de los refugiados de París tardaron mucho menos tiempo en elegir su bando. Pío Baroja, a pesar de haber sido detenido (y casi fusilado) por unos Requetés a los pocos días de la sublevación, afirmó su adhesión al movimiento en un artículo publicado el 1 de octubre de 1936, en el Diario de Navarra. En adelante escribió casi un artículo semanal para la prensa de la zona nacional, aunque no adoptasen el tono militante de aquel primero. En 1955, en Aquí París, justificaría su posición mediante el argumento de la equidistancia: "Me reprochan también el que no tomé una posición en la última guerra. ¿Por qué la había de tomar, si las dos posiciones litigantes no me producían entusiasmo?" (Baroja, 1955: XVI, 270). Es verdad que sus artículos condenaban tanto la "turba tradicionalista" como la "plebe socialista". Baroja se resignó a preferir la victoria de un "domador" que supiese controlar los excesos de cada extremismo, porque "la civilización no es lo uno o lo otro, sino un término medio" (XVI, 185).

Con todo, la participación de Baroja a la propaganda ‘nacional' fue mucho más tímida, y sus arrepentimientos de liberal mucho menos claros, que los de Marañón o Pérez de Ayala, el cual, en palabras de García Morente, no escondía su "temple subidamente nacionalista", y "con un vocabulario pintoresco vierte grandes insultos sobre todos los de Madrid, de Azaña para abajo" (C-13). En 1938, desde Londres, Pérez de Ayala afirmaría rotundamente en The Times del 10 de junio que "desde el comienzo del Movimiento nacionalista, he asentido a él explícitamente y he profesado al general Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible" (Gómez-Santos, 1983: 174-178). En cuanto al doctor Marañón, no dudó en declarar, en el banquete que le ofreció el PEN Club francés había declarado en enero de 1937, su "error de haber servido a veces bajo las banderas de un humanismo que no era el humanismo verdadero".

El argumento de la equidistancia -tanto monta, monta tanto- era en suma el argumento más cómodo para justificar un exilio más voluntario que impuesto, y a veces un silencio más profiláctico que elocuente. Tres días después del alzamiento militar, Salvador de Madariaga -que pasó a encarnar el modelo tipo del intelectual liberal exiliado- declaraba así en el diario Ahora que desde el punto de vista de la libertad no había diferencia entre marxismo y fascismo. El argumento valió también para justificar su silencio político durante los primeros meses de la Guerra Civil, en los que se dedicó a impartir conferencias en Estados Unidos. El diplomático se definía como "un parlamentario europeo liberal, cuando a la gente no le interesaba ni Europa, ni el sistema parlamentario, ni el liberalismo. Ésta fue la causa verdadera de mi emigración", concluía. Una postura de silencio y equidistancia defendida desde un liberalismo europeista que también era -en aparencia por lo menos- la de Ortega.

En este contexto se debe entender el primer texto político que escribió Ortega durante la Guerra Civil: "Inglaterra como estupafeciente. El derecho a la continuidad", publicado en enero de 1937 en La Nación (V, 412-414). El artículo tomaba el motivo de la reciente coronación del rey Jorge VI tras la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Ortega admiraba la continuidad de la institución monárquica británica, cuya función no era la de gobernar, administrar la justicia o mandar el ejército, sino únicamente de simbolizar el poder público. Como lo repitió en el "Prólogo para franceses", donde recuperaba lo esencial del anterior artículo:

"Con las fiestas simbólicas de la coronación, Inglaterra ha opuesto, una vez más, al método revolucionario el método de la continuidad, el único que puede evitar en la marcha de las cosas humanas ese aspecto patológico que hace de la historia una lucha ilustre y perenne entre los paralíticos y los epilépticos" (IV, 371).

Ortega denunciaba una vez más la oposición entre reaccionarios y revolucionarios: describía el comunismo y el fascismo como pura "ortopedia" frente al modelo reformista inglés, único ejemplo de política "históricamente sana" (V, 413). Reafirmaba sobre todo un anticomunismo que pregonaba desde los años diez, abogando por una política conservadora y reformista, fruto de la razón histórica y contrapunto del método revolucionario de la tabula rasa, denunciado ya en el ensayo de 1924 sobre "El ocaso de las revoluciones" (III, 207-230). Alababa también la flexibilidad del derecho inglés y el tipo de organización social vigente en Inglaterra, que según él reposaba en la obediencia civil y no en la coacción estatal: Ortega denunciaba la "tiranía" ejercida en Rusia, Alemania e Italia, prontas a "alcoholizar" a sus ciudadanos "con credo frenéticos" y a "crisparlos con prácticas catalépticas"(VI, 413).

Tal era su admiración hacia Inglaterra que pensó seriamente, a finales de 1936, prolongar su exilio en las islas británicas; pero su escaso dominio del idioma y las trabas que ponían las autoridades inglesas a la inmigración le hicieron desistir del proyecto. Desde Francia, cuya cultura le era más familiar, pensaba poder seguir mejor el curso de la Guerra española. La equidistancia de Ortega no se presentaba como una perfecta neutralidad: le inclinaba hacia un bando más que otro. Una inclinación que muchos supieron descrifrar a través de su pretendido silencio político.

El silencio como traición

El silencio político de la llamada Tercera España de los exiliados de 1936 no pareció nada equidistante a sus coetáneos. A este respecto es muy revelador el testimonio del publicista inglés Herbert Southworth, partidario de la causa republicana, a propósito de Salvador de Madariaga. Recordó haber asistido a una conferencia suya en Washington, a finales de 1936, en la que la "gran muchedumbre congregada" esperaba que hablase "del tema que ocupaba la atención de todos: la guerra civil española". Y el ex diplomático, sencillamente, "se negó a decir una sola palabra sobre el asunto". A pesar de haber sido "mimado por la República" al igual que Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Unamuno o Menéndez Pidal, Madariaga "la traicionó" (Southworth, 1963: 146-147).

Los republicanos españoles se sintieron asimismo defraudados por la deserción de los viejos maestros, prueba de su deslealtad hacia la República en armas. A este respecto, el manifiesto que firmaron a finales de julio de 1936 fue sin duda contraproducente. Después de su publicación, Claridad, el diario de Largo Caballero, apuntaba que "el fascismo triunfante hubiera publicado un manifiesto con las mismas firmas", antes de añadir que cada uno sus firmantes "lleva un traidor dentro. O una complacencia de meretriz, a elegir". El Mono Azul de marzo de 1937 contrastaba esta deshonra con la dignidad de un León Felipe, que volvió a España en 1937, "y con su regreso da digna y altísima réplica a los que de sí dicen con su conducta marchándose de España". Margarita Nelken demostraba el mismo desprecio hacia Marañón en un artículo titulado "Doctor Astrakán", publicado en Mundo Obrero el 8 de febrero de 1937 (Aubert, 2006: 29).

Manuel Azaña mostró su desagrado y desprecio respecto a los intelectuales exiliados que aprovechaban misiones culturales o diplomáticas para huir del país. Alundiendo a Sánchez Albornoz, que acababa de salir para dar clases en la Universidad de Burdeos, escribió en su diario de agosto de 1937: "republicanos para ser ministros y embajadores en tiempos de paz; republicanos para emigrar en tiempos de guerra" (Azaña, 1937: 827). José Gaos, el nuevo rector de la Universidad y ex alumno de Ortega, opinaba que "en general, esa emigración nos ha hecho mucho daño", según lo anotó Azaña en el citado cuaderno. 

Y en su novela La velada en Benicarló, el personaje del abogado Claudio Marón -que representa a Ángel Ossorio y Gallardo, pero recoge también a veces la opinión del propio Azaña- hablaba hasta de cuatro Españas, refiriéndose a los refugiados en París y a la postura seudo-neutral del Comité de No intervención (Azaña, 1939: 113). En suma, como lo resumía en 1937 el título de un artículo de Agustí Calvet, alias Gaziel, a propósito de "Los intelectuales españoles: el silencio es traición".

En noviembre de 1936, se publicó en La Nación de Buenos Aires un artículo sin duda escrito por Fernando Ortiz Echagüe, titulado "Han abandonado España casi todos los fundadores de la II República". Explicaba que todos los miembros fundadores de la ASR habían huído. Marañón era acusado de actuar de "micrófono de la propaganda" nacionalista. El periodista subrayaba que a Ortega se le atribuían in absentia toda clase de afirmaciones; su hermano, el abogado Eduardo Ortega y Gasset, lo defendía "con celo fraterno", sin reparar "en que quizá esté cerrando al ilustre filósofo las puertas de España". Al declarar que el filósofo, signatario del manifiesto de julio de 1936, seguía siendo partidario de la República y siempre había sido un antifascista militante, su hermano arruinaba la posición de neutralidad silenciosa que se trataba de construirse Ortega.

Presiones para una declaración

La posición de aparente silencio, abstención o neutralidad política que adoptaron muchos de los intelectuales exiliados en 1936 que serían posteriormente adscritos a la Tercera España, no significaba que fuesen realmente equidistantes.

El alistamiento de los hijos de Ortega y Blas Cabrera, igual que el de los hijos de Marañón y Pérez de Ayala, indicaba claramente cuál eran las posiciones políticas familiares (Trapiello, 1994: 74 y 124-128). Por esta razón, García Morente aconsejó vivamente a Ortega, el 21 de octubre de 1936, que su hijo Miguel se alistara, "porque además de llevar con ello su deber humano y ciudadano, servirá su gesto para situar exactamente la posición familiar de ustedes todos". Así que cuando Miguel dijo a su padre que quería ir al frente, a Ortega "le pareció natural". Su segundo hijo varón, José, se alistó poco después. Ortega afirmó a la condesa de Yebes, cuyo marido servía en el ejército ‘nacional', que deploraba que su salud no le dejase ir él mismo al frente.

 Sus amigos afines a la sublevación consideraban que el gesto constitudido por el alistamiento de sus hijos no era suficiente. Durante los primeros meses del conflicto, el filósofo recibió muchas presiones en este sentido, en particular del crítico literario y escritor Antonio Marichalar, refugiado en Biarritz, que le ponía en guardia sobre las consecuencias del manifiesto pro-republicano de julio de 1936. Por su parte, Marichalar mandó un comunicado a varios diarios de la zona nacional e incluso a la prensa extranjera, donde afirmaba sin ambajes su adhesión al movimiento y su profunda fe católica.

Aun así, se mostraba preocupado por la intransigencia que reinaba en el bando franquista, donde observaba un "afán de excluir a todo el que no tenga precedentes derechistas muy marcados". Por lo cual aconsejaba a Ortega que aclarase su posición, por ejemplo enviando a la prensa un comunicado mencionando que había sido destituído de su cátedra, lo cual probaba, según él, su exclusión de facto del bando republicano.

Ortega se negó a efectuar cualquier tipo de declaración pública. Para contrarrestar los efectos indeseables del manifiesto, contó su propia versión de los hechos -que incluía las amenazas de las que habría sido objeto para obligarle a firmar- a sus amigos, encargándolos de difundir ampliamente esta anécdota sin precisar que el relato procedía de él mismo. Más tarde, en 1938, deslizó unas palabras al respecto en el epílogo a La rebelión de las masas, su ensayo "En cuanto al pacifismo": un texto redactado para el lectorado británico, que antes de ser reeditado en Buenos Aires fue parcialmente reproducido Occident, la publicación quincenal del servicio de propaganda franquista en París, bajo el título de "L'Opinion publique en matière de politique étrangère" (25. IX. 1938).

El texto se difundió pronto entre los españoles exiliados y en la Península, siendo interpretado en ambos bandos como un rechazo explícito de la República. Mientras José Bergamín (presidente de la Alianza de Escritores Antifascistas y simpatizante del Partido Comunista), criticaba los "ridículos cuentos de miedo entre puñales y pistolas y otras zarandajas de pandereta" que propagaban desde París los Ortega, Pérez de Ayala y Marichalar, Santiago Montero Díaz (comunista arrepentido y en adelante falangista convencido, recién reintegrado a la jerarquía docente) alababa la "ejemplar y exacta justicia de estas frases de Ortega", cumplidor de su deber "ante el hecho concreto de la guerra de liberación nacional" .

Pero a la altura de 1936, Ortega no había publicado nada y en el bando ‘nacional' se seguía esperando algún gesto por su parte. El periodista, poeta y falangista Eugenio Montes, miembro de la Comisión de Cultura de la Junta técnica del Estado de Burgos presidida por José María Pemán, estimaba que Ortega tenía que mostrar inmediatamente su adhesión, so pena de verse excluído de la "nueva España". A su vez, Pemán relató a Marichalar una conversación con Alfonso García Valdecasas, discípulo de Ortega, ex-diputado de la ASR y a la sazón miembro de la Comisión de Cultura del ‘Nuevo Estado'.

Del relato destacaba que en Burgos, se consideraba entonces con benevolencia la posibilidad de que Ortega siguiera "honrando la universidad con su maestría". Pero Pemán consideraba urgente que escribiera "algo en la prensa extranjera, colocándose no fuera del drama de España, sino en el drama, como beligerante". Subrayaba que existía en Burgos "una terrible -y justa- suspicacia contra los intelectuales que no se sienten partícipes activos de las peripecias del destino nacional, y que contemplan de lejos lo que acontece en su país como si aconteciera en China".

En otros términos, el bando franquista se mostraba proclive a perdonar a Ortega su pasado republicano, a la condición de que se sumase sin reservas y sobre todo públicamente a la España ‘nacional'; su prestigiosa firma hubiera sido un apoyo no despreciable para la propaganda internacional del Movimiento. La amenaza se perfilaba nítidamente en estas líneas: un silencio prolongado por su parte se entendería como una adhesión implícita al bando adverso. Funcionaba plenamente la lógica binaria de las dos Españas, condenando a cada uno a elegir su bando si no quería verse amenazado en ambos. La tercera vía, manifiestamente, era un tercio excluso.

[...]

NOTA.- Enlaces [en azul], corchetes, negritas [con perdón] e imágenes son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

servido por elquiciodelamancebia 9 comentarios compártelo

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Leónidas

Leónidas dijo

Una buena bofetada en toda la mejilla izquierda de la izquierda española. Ya está bien de vender mentiras que les son tan rentables. Vergüenza es lo que les debería dar.

16 Junio 2010 | 12:12 AM

Rodolfo

Rodolfo dijo

El que quiere seguir recordando un hecho maligno y demás le gusta hacérselo recordar a los demás para crear un ambiente de fricción, es un cabrón con pintas.

16 Junio 2010 | 09:05 AM

Cap de Pedra

Cap de Pedra dijo

Un magnífico artículo que deberían leer todos, por el bien de esta puta nación.

16 Junio 2010 | 09:19 AM

La Dama Negra

La Dama Negra dijo

Que ciertos artistas que no necesitan del dinero del gobierno para tirar hacia a delante se presten a estas cosas, es demencial. Me da la sensación que son criaturas que no han sabido superar la historia, que están sujetos al pasado, ancladas en los fondos pegajosos del rencor. Y no nos olvidemos, el que no es capaz de pasar página en una democracia seguro que acaba mal de salud. Estoy seguro que si siguen así, pronto los veremos en el hospital con alguna enfermedad jodida.

16 Junio 2010 | 09:40 AM

Franco

Franco dijo

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16 Junio 2010 | 08:10 PM

Blas

Blas dijo

Quicio: impresionante artículo.

Necesito tranquilidad de espíritu para su análisis- cosa que como futbolero que soy me es imposible tras el desastre de hoy-.

En calidad de aficionado lector de Ortega solo comentar alguna cosa: Como intelectual nunca se le pudo encasillar en ninguna ubicación política concreta: fue elegido diputado por León a las Cortes Constituyentes de la República. Si bien, el 6 de diciembre de 1931, en su famosa conferencia titulada: “Rectificación de la República” expresa su descontento por el exacerbado regionalismo y el exagerado anticlericalismo en que estaba derivando el nuevo poder público.

No obstante, en diciembre de 1931, junto con otros intelectuales, Marañón, Machado, Menéndez Pidal, Bergamín, etc., firmó un manifiesto en el que se afirmaba; "Los abajo firmantes declaramos que, ante la contienda que se está ventilando en España, estamos al lado del Gobierno de la República y del pueblo, que con heroísmo ejemplar lucha por sus libertades."

El día 13 de mayo de 1932, bajo la presidencia de Julián Besteiro, pronunció en las Cortes constituyentes su nunca superado discurso sobre el ESTATUTO de CATALUÑA, del cual, a lo largo de estos años, EQM ha dado buena razón. Después se retira prácticamente de la política.

Cuando en 1945 Ortega volvió a España fue difícilmente entendido. Los exilados republicanos no se lo perdonaron. Los franquistas no comprendían su “acatolicismo”. Y la Iglesia española colocó sus obras en el Índice de libros prohibidos.

Echo de menos referencias bibliográficas sobre Ortega, en el artículo de Giustiniani, de sus discípulos García Morente, Gaos, María Zambrano, Julián Marías, Rodríguez Huéscar o incluso Zubiri.

De nuevo mis felicitaciones, Quicio, sí señor.

Blas

16 Junio 2010 | 08:22 PM

vale

vale dijo

Coincido con vd. Blas. Enorme el trabajo sobre el gran Ortega.

Saludos.

17 Junio 2010 | 12:10 AM

Blas

Blas dijo

Quicio, entre las muchas personas que en el artículo se mencionan, hay una sobre la que habría que profundizar: Julio López Oliván. Una biografía sorprendente.

Por cierto, mal está este país llamado Hispania. Si Ortega levantara la cabeza, todo el comité de redacción de su Fundación iba a la puta calle. Las erratas ortográficas superan a las del BOE.

Blas

18 Junio 2010 | 08:40 PM

Asdrubal

Asdrubal dijo

Contra las manifestaciones de Anguita.

ASDRUBAL DE CARTHAGO (14/06/2010) 08:07 p.m.
Dos cosas Sr. Anguita: Para que haya un plus-valor en el mercado debe haber alguien que se juegue su capital , que tambien merece mi respeto, tanto como el trabajador, ambos tienen sus compromisos y me parece que se mima demasiado la figura del trabajador al tratarlo como al eterno explotado ¡¡¡ ya esta bien ¡¡¡¡ y en cuanto a sus muerto enterrados en la cuneta es posible que tambien lleve razon, ¡¡ pero mientras nadie hable de los asesinatos sin discriminacion cometidos por la izquierda amparandose en el gobierno repblicano, mientras nadie hable de los curas y monjas asesinados por la barbarie , los de las cunetas seguiran olvidados, ¡¡hablemos ahora de reconciliacion¡¡¡¡ mientras se siga escondiendo a su correlegionario Santiago Carrillo , los de las cunetas seguiran olvidados.

19 Junio 2010 | 09:51 AM

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