Jobs, grande y ya
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'Son al rey' [2010]. Interpretada y compuesta por Juan Luis Guerra [Santo Domingo, 1957], de su álbum A son de Guerra [2010]. ♪♪ ♫ Polito2809. Letra.
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"Majestuoso y poderoso (poderoso)
Admirable y siempre digno (siempre digno)
Exaltado sea tu nombre
Por los siglos de los siglos[...]"
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¿Y él más?
Ha fallecido Steve Jobs [EEUU, 1955-2011], cinco días después que Ralph Marvin Steinman [Canadá, 1943-2011], inmunólogo investigador en biología celular de la Universidad de Rockefeller, famoso por su descubrimiento de las células dendríticas y su papel en la inmunidad adaptativa, que ha compartido el Premio Nobel 2011 en fisiología o medicina con otros dos grandes, gracias a que el jurado sueco conoció su muerte después del fallo del premio.
Jobs pasará a la historia de la informática y las telecomunicaciones también como uno de los grandes, sobre todo por su capacidad para hacer fácil y atractivo lo que resultaba complejo y grisáceo. Por su acierto en el diseño y por adivinar aquello que la gente necesitaba. Por vender sus productos mucho más caros que los demás y que el comprador se sintiera miembro de una élite y orgulloso de comprarlos. Por convertir un grave defecto de sus productos, la falta de interconectabilidad o compatibilidad, en su principal virtud: somos especiales.
Yo, a principios de los 80', después del Amstrad CPC 464 y el Commodore, me decanté definitivamente por los PC compatibles o clónicos, no sólo por el precio, que también, sino porque desde el primer momento se vió claramente que las 'ventanas' que verdaderamente interesaban entonces eran aquellas que se abrían a miles de programas de diversa procedencia y utilidad. Y esas las ofrecía la vía generalista, no el singular Mac.
Y no me arrepiento. Es más, trabajo actualmente con un baratísimo portátil ASUS y su Windows XP, que me funciona de maravilla.
Aunque reconozco la atracción que me producían aquellos Apple de la manzanita mordida que hacían fácil, interactivo y agradable a la vista parte de aquello que el PC seguía rumiando.
Así que comprendo la morriña por la marcha de Jobs pero, me parece una pasada el espiritualismo a lo Lady di de las manifestaciones de dolor.
Como muchos cientos de millones de usuarios, la más absoluta de las mayorías, tuve poderosas razones para apostar por la económica versatilidad que pusieron en nuestras manos otros geniales investigadores y empresarios a los que jamás someteré a semejante agravio comparativo.
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Un mundo ordenado
Arcadi Espada en El Mundo, 081011. Vía e-pesimo.
Querido J:
Steve Jobs prohibió la pornografía en las aplicaciones del iPhone: «Que compren Android», zumbó. Otra vez contestó así: «Nosotros no vendemos basura. La diferencia con nuestra competencia es que nosotros no ofrecemos productos pelados y piojosos». Mucho antes, en 1986, dijo: «Cuando eres joven, ves la televisión y piensas: hay una conspiración. Las cadenas han conspirado para bajar nuestro nivel. Pero cuando te haces un poco más mayor, te das cuenta de que no es verdad. Las cadenas están en el negocio para dar a la gente exactamente lo que quiere».
La idea reaparecía en todo su esplendor en una entrevista posterior: «No es tarea de los consumidores el saber lo que quieren». Aunque bien es verdad que en Playboy aún había algo más antiguo y contundente: «No fabricamos el Mac para los demás. Lo construimos para nosotros mismos. Fuimos el grupo de personas que juzgarían si era grande o no. No íbamos a hacer investigación de mercado. Simplemente construimos lo mejor que podíamos construir». Y esto último, de hace un año, cuando las presentaciones del iPad: «No quiero ver cómo descendemos a una nación de blogueros. Necesitamos el criterio editorial más que nunca».
Citas de autoridad, estarás de acuerdo. En un amplio sentido. Porque son palabras de Jobs, y sabía de lo que hablaba. Porque se pronunciaron a lo largo de un largo lapso de tiempo y, en consecuencia, no son marginales en su pensamiento. Y porque trazan una de las principales características de su trabajo: la autoridad. Te las he puesto al principio por razones puramente higiénicas. Cuando se muere alguien valioso y popular lo primero que hay que hacer es limpiar el cadáver y así enterrarlo en condiciones. En pocas horas ha caído una exuberante cantidad de baba sobre Jobs. Y lo más llamativo es que entre los babosos figuran muchos parásitos business, es decir, militantes de la fea fratría contra la que Jobs luchó, y cuya desvergüenza, también estética, les alienta a poner sus sucias manos sobre.
Jobs hizo muchas cosas importantes en su corta vida. Antes de ir a la fundamental, déjame que nos riamos un poco. Habrás visto que se matan por cuadrar la equiparación: Edison, Ford, Einstein, y creo que hasta Aristóteles. Es el caso que me caso las necrologías periodísticas. Todas quieren poner al hombre en la historia, ¡antes de que llegue la historia! En otro tiempo aún tomaban, frente a sus excesos, la precaución retórica. «El tiempo lo dirá...» (¡Cuando yo no lo oiga!). Pero hoy tiran por lo derecho equiparando al que acaba de morir con el que lleva siglos muerto. En las comparaciones aplicadas a Jobs se ha deslizado la especie de que no inventó nada. Afirmación temeraria sobre alguien que registró 317 patentes.
Afirmación que desconoce el carácter de ensamblaje que tiene el conocimiento. Pero, afirmación, sobre todo, que no puede tolerar cualquiera que haya usado un iPhone. Lo recuerdo. Era de noche, hace cuatro años, a principios de otoño. Acodado en la barra del Tirsa, el niño Sostres sacó un iPhone del bolsillo y me mostró la pantalla. Había una foto. De inmediato el niño repelente hizo algo con sus deditos: lo que el popular poeta Barbeito llamaba pellizcar los cristales. Y una parte de la imagen creció. Ningún otro ingenio táctil, comercializado al menos, permitía hacer eso. Hasta entonces lo táctil se limitaba a un toque: Jobs lo convirtió en una inteligencia.
El pellizco en el cristal era importantísimo, al menos por dos razones. Primero acababa con la prótesis: con el botón, con el ratón. Y permitía que el hombre y la máquina se llevaran con más confianza. Ilusionismo en su sentido más noble. Luego anunciaba lo que el iPad desarrollaría plenamente convirtiéndose en la máquina de leer casi perfecta (solo le falta resistir el sol) que es. Si hoy se leen periódicos y revistas en el iPad (pdf, fotocopias, sin más exigencias) con ventajas innegables respecto del papel es porque Jobs inventó el pellizco, tan flamenco.
Sin embargo, aunque sutil y decisivo, ni siquiera es ése el titular de su obra. De las citas de autoridad se deriva una conclusión irrevocable: Jobs ordenó el mundo. La homofonía del español permite vincular felizmente el ordenador con el orden y la orden. Orden fue su lexema. Y toda su belleza. Cuando Apple organizó iTunes salvó el negocio de la música a fuerza de orden. Yo es que soy muy rico, como sabes bien, pero habría pagado el doble para poder descargar música sin tener que sufrir el lapo estético de las páginas piratas. Todas esas páginas diseñadas con el rasgo feísta de la adolescencia: copión, gritón y ladrón.
La juventud es inevitable. Como son inevitables los que viven de ella: proxenetas, traficantes de drogas o parásitos business. El entorno digital tiende, a base de vocerío, a confundirse con la juventud. Por fortuna, hubo un Jobs que limitó los daños. Apple es una cosmovisión diseñada por la autoridad y el mérito. Radicalmente enfrentada al asamblearismo pueril de los autollamados internautas, en el que conviven, por cierto, plebeyos izquierdistas y aristócratas liberales, todos unidos por una mágica visión del pueblo soberano: una posmoderna nación de blogueros a la que sólo falta añadir los nacionalistas.
Respecto a la juventud, estrictamente, Jobs hizo algo capital: le dio instrucciones. Limpia tu habitación y trabaja. Esa clara y simple instrucción que tanto resuena en la sentencia de Jaron Lanier, ya de vuelta de sus dilatados años de tumulto: «Si quieres compartir cualquier cosa con alguien antes debes ser alguien». Creo que Marck Zuckerberg es uno de esos niños formados a partir de esas instrucciones. Facebook será banal, pero al menos el pueblo va bien vestido. Jobs trazó límites.
Toda esta literatura internáutica, meramente preliminar, opone al que llaman el «modelo cerrado» de Apple una suerte de amorfa acampada ininteligible; y contraria a la naturaleza humana: la primera decisión de un hombre es distinguir. Jobs trazó límites. El límite es la premisa de la revolución. Parece que guardaba un buen recuerdo de los ácidos que ingirió en su juventud. Que vio cosas que nunca vio de otro modo. Estoy seguro. Vio por ejemplo que la policromática y barroca psicodelia era incompatible con el estado de vigilia. Así no sólo construyó en vida entornos de una gran elegancia zen. También dispuso un sucinto ataúd web blanco y negro.
Y aún, querido amigo, aquí abajo del todo, te espera lo fundamental entre lo fundamental. Con esta doxa severa de propósitos elevados Jobs no hizo un arte irreprochable y minoritario. Hizo la primera empresa del mundo, repítelo. Definitivamente ayudado, lo sabrás, por la cualidad que menos soporta la acampada horizontal. El liderazgo. La clara, y tantas veces terrible, emoción del jefe indiscutible.
Sigue con salud
A

Ilustración de Raúl Arias para el artículo de A. Espada. Vía e-pesimo.
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NOTAS.-
Del griego Γένεσις, "nacimiento, creación, origen", en Génesis 2:4, en hebreo תּוֹלֵדוֹת, "generación", que prefiere como título בְּרֵאשִׁית, Bereshit, "en el principio", siguiendo Génesis 1:1.
Es el primer libro de la Torá ("La Ley" o Pentateuco) y también el primer libro del Tanaj, la biblia hebrea (conocida por los cristianos como el Antiguo Testamento).
Y los bendijo, diciéndoles: "Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra".
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Regaliz dijo
Yo paso de hacer "santos", no quiero un calendario rebosante de ellos.
10 Octubre 2011 | 09:31 AM