Europea amnesia cristiana
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'Ardió mi memoria' [2004]. Interpretada y compuesta por Manolo García [España, 1955], en su disco 'Para que no se duerman mis sentidos' de 2004. ♪♪ ♫ rafaikki. Letra.
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"[...] Ardió mi memoria y el mundo,
bosque en llamas,
calcinó despechos, traiciones, deslealtad. [...]"
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Tempestad sobre Europa
Gabriel Albiac en ABC, 040112.
Suave, mari magno turbantibus aequora ventis... En un pasaje de plenitud serena que nadie, después de leído, olvida, Tito Lucrecio Caro dibuja el rostro imperturbable del sabio ante las cosas. Séanle gratas o acerbas, en nada puede él modificarlas. Si acaso, abrir los ojos, fijar la cadena de sus causas. Y no perder un solo instante en el lamento. «Es dulce, cuando sobre el vasto mar los vientos revuelven las olas, contemplar el penoso trabajo de otro». Aunque ese otro sea la imagen propia en el espejo: la distancia -aun de nosotros mismos- es el único consuelo eficaz en los tiempos sin remedio. Y éstos de ahora lo son.
La tempestad, en medio de la cual toma el nuevo gobierno el timón de un barco por completo desarbolado, es de tal grado que nadie puede esperar capearla sin perder tripulantes. El segundo rebote de la recesión va a llevarse por delante lo que queda de aquella fantasía de una moneda única sin fiscalidad única, que definió el salto al vacío de la UE. Eso no tiene remedio. Queda afinar el cálculo del fracaso económico tan infantilmente generado y salvar lo que del naufragio pueda aún resultar útil como balsa.
E ir haciéndose a la idea de que Europa, lo que quede de Europa, va a pasar a ser oficialmente lo que es -desde hace decenios- en la fría contabilidad de las tasas productivas: un rincón desechable del planeta, que puede aún ofrecer el espectáculo grandioso de las ruinas que perviven allá donde un día hubo gloria. Cuando este huracán acabe -y quedan años para que tal cosa suceda-, en el mejor de los casos, Europa será un fastuoso parque temático. Para uso de turistas ilustrados.
Les pasó a otros en diversas épocas. Nadie que haya paseado entre los ciclópeos restos de los templos de Angkor, devorados por la selva durante cuatro siglos, puede evitar la conmoción de que una civilización de tal belleza acabase por ser Camboya: un interminable cementerio. Nos toca ahora a nosotros. Nuestros hijos podrán sobrevivir como guías turísticos. Si es que hay suerte. Podría ser peor, desde luego. Europa no produce hoy nada rentable que no sea el cuidado de su memoria. Y, como la Gloria Swansonde Sunset Boulevard, ni siquiera se ha enterado de que pasó su tiempo, de que es ya demasiado vieja para que sus dengues produzcan piedad; sólo asco.
El destino de España es ser la criatura terminal en una Europa agónica. Y es cierto que no existe más hipótesis de salvación que ir tirando de las ayudas de una Alemania a punto de despertarse, ella misma, tan endeudada como todos sus socios y tan sin solución como cada uno de ellos. Año tras año, mes tras mes, las deudas europeas se acumulan. Grecia se gangrenó. Se gangrenó el tercio sur de Italia. El día en el cual descubramos lo que la contabilidad andaluza encubre, puede que no haya ya manera de convencer a nadie de que invierta aquí un céntimo. Son tiempos peor que malos, los que vienen. Por más que uno se arrope en el gran Lucrecio. Y evoque la tragedia serena que cierra el De rerum natura.
Porque, también al final de sus páginas, anida la angustia en la cual cierran los hombre su derrota: «No había alivio a su mal. Agotados yacían los cuerpos... La súbita necesidad y la pobreza indujeron a todos los horrores».
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Expansión del Hinduismo, Judaísmo, Budismo, Cristianismo e Islam en la Historia de la Humanidad. Fuente: mapsofwar.com.
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El territorio de las humanidades
Arturo Leyte en El País, 050112. Vía Reggio's.
Hay que reivindicar el estudio de la cultura humana, el cultivo de lenguas, textos y objetos que nos precedieron. No con un fin arqueológico, sino con el de constituir un modelo democrático de ciudadanía
Habría que preguntarse en primer lugar si en la actualidad existe tal territorio. También, si debería existir y, en ese caso, cómo. El término "humanidades" se ha vuelto tan difuso que su mención evoca algo debilitado, pasado y decorativo; un ornamento mayor, no siempre lucido, de una cultura decididamente técnica. El estado de cosas empeora, además, cuando regularmente aparecen sus defensores: de ellos casi siempre cabe esperar un lamento por su decadencia, sin reparar en la propia responsabilidad contraída en su degradación.
Quizás sea necesario decirlo con todas las letras: las humanidades ya no resultan necesarias. Para caracterizar su irrelevancia, nada mejor que compararlas con el trabajo del ingeniero: si este no sabe, el puente se cae, la carretera se hunde, el tren de alta velocidad se estrella. ¿Qué pasa, en cambio, cuando el profesional de las humanidades (que ya no se puede llamar "humanista") no sabe de lo suyo? Pues simplemente: no pasa nada. Esta conclusión obliga a preguntarse por qué resultan tan prescindibles cuando tiempo atrás constituyeron el núcleo del saber.
Resulta obvio que las causas no resultan nítidas, porque la cuestión afecta a una metamorfosis absoluta de la cultura humana, que se cifra en una suspensión del problemático significado de tradición. La historia ya no enseña referencias, lo que conduce, como afirmaba F. Jameson al principio de su Teoría de la posmodernidad, a "pensar históricamente el presente en una época que ha olvidado cómo se piensa históricamente". Esta paradoja nos devuelve la historia, pero convertida en retazos dispersos y confusos utilizables al margen de cualquier contexto, algo así como si el pasado fuera solo combustible para un presente voraz que todo lo consume. Pero sería ocioso y seguramente falso culpar de su lenta desaparición a la cultura técnica. Esa culpabilización se vuelve el cómodo refugio de los que no aspiran a transformar el estado de cosas, sino a perpetuarlo, porque es el que precisamente exime... del cultivo de las humanidades.
Pero, ¿se pueden cultivar bajo el nuevo paradigma? ¿Y si el verdadero obstáculo para las humanidades no lo opusieran las técnicas ni tampoco las ciencias de la naturaleza -física, química, biología- sino precisamente las "ciencias humanas"? Estas, empezando por la historia, la psicología, la sociología y, sobre todo, la lingüística, han sustituido a las humanidades transformando sus antiguos temas en nuevos objetos científicos como consecuencia de la aplicación metodológica de las ciencias naturales. Si lo que hoy define una ciencia, más que su tema de estudio, es su carácter metodológico, entre las humanidades y las ciencias humanas se ha abierto un abismo que destierra a las primeras del ámbito de la ciencia: si adoptan su metodología, se pierden a sí mismas. Esta es seguramente su frágil situación, que las vuelve mero adorno en la organización administrativa del saber.
En el nuevo paradigma también puede que sus antiguos contenidos ocupen un lugar importante en la industria del ocio y el entretenimiento, pero eso ya no son humanidades, sino business. Su sentido más íntimo -el cultivo del pasado por medio del estudio filológico y hermenéutico- resulta intratable bajo las pautas científicas admitidas. Las humanidades se vuelven así ellas mismas asunto del pasado. ¿Qué queda entonces de ellas?, ¿vale la pena recuperarlas?
Descartado que puedan ocupar su antiguo papel en la organización actual del saber y las ciencias, la pregunta por las humanidades y su improbable territorio ya no puede plantearse solo en términos científicos, sino políticos: ¿quiere dedicar una sociedad recursos económicos, con todo lo que eso implica, para implantar seriamente los estudios humanísticos, dejando de enmascarar su progresivo y estructural recorte? La pregunta se puede plantear en términos más intuitivos: ¿quiere una sociedad, por medio de su Gobierno, formar a sus jóvenes ciudadanos en estudios como la historia, la literatura, el arte, las lenguas clásicas o la filosofía?, ¿o prefiere una educación de la que haya desaparecido la posibilidad de leer, escribir, interpretar, juzgar y decidir cultivadamente? Porque desgraciadamente el cultivo de las humanidades hoy tendría que comenzar por la humilde tarea de enseñar a leer y escribir -que debería constituir el primer deber político de la democracia-, lo que nos remite a un horizonte mucho más incómodo: que tal vez hoy se pueda prescindir de la lectura, entendida al menos en sentido humanístico como ejercicio progresivo de formación. Así, tendría que asumirse que leer es algo distinto de obtener una información.
La opción política residiría entonces en decidir si una sociedad quiere aprender a leer su propia tradición pasada, pero no porque allí resida la verdad absoluta, sino porque constituye la única referencia accesible para todos, fuera de la lucha por el presente. El pasado puede volverse así la distancia necesaria desde la que todavía podemos vernos. El declive de las humanidades no deja de constituir otra forma de referirse a la aniquilación estratégica del pasado. Al reproche de que las terribles catástrofes históricas del siglo XX ocurrieron precisamente bajo una sociedad ilustrada y leída, habría que oponer que su causa residió más bien en una insuficiente ilustración. Solo cabe recordar la destrucción de la tradición humanística llevada a cabo en Alemania por aquel régimen que anunciaba la nueva época a base de borrar la antigua: comenzó quemando libros como anticipo de la quema de cuerpos humanos. A las tiranías les estorba la tradición ilustrada, de ahí que la desfiguren o directamente la destruyan. Pero nuestra pregunta tiene que apuntar ya sin nostalgia directamente al futuro: ¿qué aportaría el territorio de las humanidades a la democracia?
Si las ciencias humanas investigan científicamente su objeto, políticamente habría que reivindicar el estudio de la cultura humana desde su sentido temporal, accesible solo por medio del cultivo de las lenguas, los textos y los objetos que nos precedieron, pero no con un fin arqueológico, sino con el de constituir un modelo de ciudadanía. La cultura así adquiriría un sentido ulterior, no simplemente heredado, sino como condición de una vida social futura extraña a la barbarie. ¿Resulta hoy eso posible? ¿Y si descubriéramos, por ejemplo, que ante ese objetivo el camino no fuera enseñar Educación para la Ciudadanía sino simplemente humanidades...? En realidad, ¿qué pasa cuando algo como la ciudadanía se enseña como una asignatura de la que uno se puede desvincular cuando quiera? Además de ocurrirle como a la enseñanza de la religión -que aumenta el número de irreverentes- el problema reside en que seguramente no se deja enseñar como un conocimiento, sino que es más bien el conocimiento una condición de su desarrollo. Además, ninguna Administración está dispuesta a volver a la difícil enseñanza humanística porque es improductiva, muy lenta y, en consecuencia, cara: aprender una lengua, clásica o moderna; adquirir un bagaje de lecturas; conocer y aprender a ver el arte, resultan tareas extrañas a la rapidez exigida hoy por las tecnologías de la enseñanza.
El sacrificio social que se ha pagado a cambio ha sido enorme y la degradación está servida: las humanidades ya no pueden constituirse en el fondo sobre el que construir una sociedad libre y crítica. Pero, ¿qué las va a suplir? Los sobrentendidos aquí no valen y constituyen la puerta de entrada de los totalitarismos, que por descontado son antiilustrados. De ahí que la imagen más sombría proceda de pensar cómo la moderna sociedad democrática fue también la que descabezó las humanidades, seguramente por imponderables de la masificación, pero también por considerar que estaban teñidas de un halo elitista que las identificaba con las antiguas clases de poder. No se percibió que fue la propia conciencia formada en las humanidades la que justamente había acabado con aquel antiguo poder. Hoy podríamos preguntarnos si, más allá de la gestión económica de los recursos y su distribución, es posible una sociedad democrática sin contar con la reimplantación de las humanidades.
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Arturo Leyte es filósofo, ensayista y traductor de Heidegger y Schelling.
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NOTAS.-
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XXL dijo
Ley de Reforma del Congreso de 2011 (enmienda a la Constitución )
Pido a cada destinatario que reenvíe este e-mail a un mínimo de veinte personas de su lista de contactos, y a la vez, pedir a cada uno de ellos que hagan lo mismo.
En tres días, la mayoría de las personas de este país tendrán este mensaje. Esta es una idea que realmente debe ser considerada y repasada para el Pueblo.
Ley de Reforma del Congreso de 2011 (enmienda de la Constitución de España)
1. El diputado será asalariado solamente durante su mandato. Y no tendrá jubilación proveniente solamente por el mandato.
2. El diputado contribuira a la Seguridad Social. Todo el mundo (pasado, presente y futuro) actualmente el el fondo de jubilación del Congreso pasará al régimen vigente de la Seguridad Social inmediatamente. El diputado participará de los beneficios dentro del régimen de la S.Social exactamente como todos los demás ciudadanos. El fondo de jubilación no puede ser usado para ninguna otra finalidad.
3. El diputado debe pagar su plan de jubilación, como todos los españoles.
4. El diputado dejará de votar su própio aumento de salário.
5. El diputado dejará su seguro actual de salud y participará del mismo sistema de salud que los demás ciudadanos españoles
6 El diputado debe igualmente cumplir las mismas leyes que el resto de los españoles
7. Servir en el Congreso es un honor, no una carrera. Los diputados deben cumplir sus mandatos (no más de 2 legislaturas), después irse a casa y buscar empleo.
Si cada persona pasa este mensaje a un mínimo de veinte personas, en tres días la mayoria de los españoles recibirán este mensaje.
La hora para esta enmienda a la Constitución es AHORA.
ES ASÍ COMO PUEDES ARREGLAR EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS.
5 Enero 2012 | 07:02 PM