Manuel Fraga Iribarne [España, 1922-2012]
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'¡Ele, Manolo!' [1985]. Pasodoble dedicado a Manuel Fraga Iribarne [España, 1922-2012], interpretado y compuesto por La Trinca [España, 1969-1989], en su disco ‘Sinànimus molestandi' [1985]. ♪♪ ♫ oscar0014. Letra. La canción le agradó a Fraga hasta el punto de felicitar publicamente a los autores. Chicho Ibañez Serrador [Uruguay, 1935] la llevó al 'Un, dos, tres' el 31 de enero de 1986.
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"[...] Manolo Fraga Iribarne,
con ese eterno cabreo
que no lo salta un gitano,
cómo puedes consentir
que los que antes reprimías,
hoy te ocupen negociados
y hasta subsecretarías. [...]".
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Manuel Fraga Iribarne (Villalba, 1922 - 2012) fue un político, diplomático y Catedrático de Derecho Político, de Teoría del Estado y Derecho Constitucional.
Ocupó cargos de relevancia política e institucional, tanto en el tardo franquismo como ya en democracia; entre otros, fue Ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969; Vicepresidente del Gobierno y Ministro de la Gobernación entre diciembre de 1975 y julio de 1976; y presidente de la Junta de Galicia entre 1990 y 2005.
Además de diputado [1977-1987] y senador [2006-2011] durante muchos años, fue uno de los padres de la actual Constitución española de 1978; fundador de Reforma Democrática [1976], Alianza Popular [1976] y de Coalición Democrática [1979]. , a su vez, del actual Partido Popular de España [1989]; y Jefe de la Oposición y candidato a la Presidencia del Gobierno de España entre 1977 y 1986.
Selección bibliográfica:
La acción declarativa (1944). Así se gobierna España (1949). El Congreso y la política exterior de los Estados Unidos (1952). Las Constituciones de Puerto Rico (1953). La educación en una sociedad de masas (1954). El Gabinete inglés (1954). Balmes, fundador de la Sociología positiva en España (1955). Don Diego de Saavedra y Fajardo y la diplomacia de su época (1955). La familia española ante la segunda mitad del siglo XX (1959). La familia y la educación en una sociedad de masas y máquinas (1960). Estructura política de España: la vida social y política en el siglo XX (1961). Horizonte español (1965). El desarrollo político (1972). El Estado y la Iglesia en España (1972). Cánovas, Maeztu y otros discursos de la segunda restauración (1976). Los fundamentos de la diplomacia (1977). La Constitución y otras cuestiones fundamentales (1978). La crisis del Estado Español (1978). Después de la Constitución y hacia los años 80 (1979). El debate nacional (1981). España, entre dos modelos de sociedad (1982). El cambio que fracasó (1986). España bloqueada (1986). De Santiago a Filipinas, pasando por Europa (1988). Galicia ayer, hoy, mañana (1989). Galicia en España y en Europa (1990). La cultura gallega, pasado, presente y futuro (1990). Álvaro Cunqueiro: dos discursos (1991). Galicia en el concierto regional europeo (1991). Administración única: una propuesta desde Galicia (1993). Da acción ó pensamento (1993). Ética pública y derecho (1993). El futuro del estado autonómico (1996). Cánovas del Castillo, cien años después (1897-1997) (1997). Ciencia y tecnología: desafío político y administrativo (2000). Las claves demográficas del futuro de España (2001). Sociedad y valores (2006)
El control de la derecha
El espíritu calvinista de Fraga, superdotado infatigable, le granjeó la antipatía de centenares de vagos y maleantes. Su constancia en representar digna y democráticamente a la media España que había ganado la guerra y llevaba gobernando 40 años le supuso hasta la animadversión del periódico -El País- que cofundó. Fraga fue uno de los artífices de la transición conciliadora de ambos bandos, que pecaron, desgraciadamente, de grave ingeniuidad ante la falsa bonhomía del nacionalismo.
Por tanto, su gran error -como el de los demás padres de la Constitución- fue creerse las milongas de los nacionalistas y aceptar un texto donde la elasticidad competencial de los territorios dejaba en bragas al acordeón de María Jesús, en manos de unos pajarracos que han convertido España en un cementerio abandonado.
Con el añadido de la tremenda injusticia de mantener la distinción histórica del País Vasco y Navarra, añadiendo las nuevas historidicidades de Cataluña, Galicia, etc.
Tampoco estuvo afortunado al oponerse, contra sus principios, a la entrada de España en la OTAN. Por lo demás, un gran hombre que pasará como tal a la Historia.
He leido el artículo de Peces-Barba [ver infra] y lo encuentro muy oportuno y conciliador. Sobre las resistencias de Fraga al Título VIII de la constitución, me imagino que don Manuel se habrá arrepentido toda la vida de no haberse plantado.
Mi admiración, pues, por su intelecto, capacidad de trabajo y constancia.
Sus errores, muy comunes, le humanizaron.
Descanse en paz.
EQM.
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Un hombre de Estado
Gregorio Peces-Barba en El País, 160112.
Mis primeros contactos con Fraga no fueron precisamente agradables. Valoró la detención primero y el confinamiento después, durante el Estado de excepción derivado de los disturbios producidos tras la muerte de Enrique Ruano en 1969, más tarde calificado por el Supremo como asesinato, por haber, en mi caso, "colaborado de alguna manera en la subversión estudiantil". Fue una acusación común a los demás detenidos y confinados, aunque pocos estuvimos hasta el final en esa situación. Sin duda, Elías Díaz y yo mismo fuimos los últimos en abandonar el confinamiento al concluir la situación de excepción. Sin embargo, en el mismo contexto temporal Fraga fue decisivo para que la aventura de Cuadernos para el Diálogo que impulsamos, dirigida por Ruiz-Giménez, fuera posible.
En realidad, mi relación con carácter estable empezó con la Transición. Después de las elecciones de 1977 le encontré cuando, acompañando a Alfonso Guerra, estuve en la reunión con el presidente de las Cortes, don Antonio Hernández Gil, para acordar las normas provisionales de funcionamiento del nuevo Congreso de los Diputados, ya como expresión de la voluntad popular derivada de las elecciones del 15 de junio de 1977.
La relación se estrechó cuando Fraga se incorporó como ponente a los redactores de la nueva Constitución. Su presencia fue posible gracias a que el PSOE renunció a uno de los dos miembros que le correspondían para que se abriese el abanico. Así, gracias a esa renuncia se incorporaron Fraga por AP, Solé Tura por el Partido Comunista y Miguel Roca por los nacionalistas catalanes. UCD se mantuvo firme en su exigencia de tener tres miembros en la ponencia y no ceder ninguno. Fraga fue muy sensible a nuestra renuncia, que pretendía ampliar el espectro de apoyo al texto constitucional. La tozuda ceguera de UCD no contribuyó nada a la solución más razonable. Durante la actuación de la ponencia Fraga colaboró decisivamente en tareas como en la creación del Defensor del Pueblo, e incluso el nombre fue sugerencia suya. Después, en la segunda etapa de nuestra actuación, cuando revisamos las enmiendas presentadas y más tarde durante el debate en la Comisión del Congreso en mayo de 1978, intentó con UCD construir una mayoría que moderaba las posiciones más progresistas del texto, y que finalmente fracasó ante nuestro firme rechazo y la sensibilidad del vicepresidente Fernando Abril Martorell, que comprendió que no era una buena decisión prescindir del PSOE en el acuerdo constitucional básico.
Pese a ese revés, Fraga estuvo siempre presente en los debates descartando unas propuestas que lideró Federico Silva Muñoz de retirarse, ante el riesgo de un acuerdo central UCD-PSOE. Nunca consintió en asistir a las reuniones de preparación de los acuerdos, las que llamamos "nocturnas", pero siempre estuvo presente en las reuniones oficiales. Siempre rechazó el Título VIII sobre el Estado de las Autonomías, aunque cuando le tocó la práctica como presidente de la Comunidad Gallega ejerció sus repetidos mandatos con lealtad al sistema y con aceptación de sus objetivos. Fue, sin duda, un presidente competente y activo. En esa época siempre le visité cuando fui a Galicia y le encontré amable y acogedor, muy en su papel y con su sencillez habitual.
Durante la elaboración de la Constitución, él inició la costumbre de las invitaciones entre los presentes con una "queimada", con "orujo", que resultó simpática y muy integradora.
Durante mi presidencia del Congreso, mi amistad con Fraga fue decisiva para alcanzar consensos y acuerdos. Se celebraban las denominadas sesiones del "diván", donde reunía al Jefe de la Oposición y al presidente Felipe González y donde una colaboración constructiva fue posible y muy positiva. La diferencia que encontró José Luis Rodríguez Zapatero con Rajoy fue enorme. En ese tiempo el "NO" era siempre la respuesta de la oposición. Solo había que rechazar y destruir.
También en esos años, 1982 a 1986, se institucionalizó la figura de Jefe de la Oposición. Fue una decisión poco compartida desde La Moncloa pero yo la llevé adelante pese a la resistencia del aparato del Gobierno, que tenía una ceguera incomprensible. Así, el Estatuto de Jefe de la Oposición supuso a Fraga unos medios económicos especiales, otros personales, con una secretaría que desempeñó Loyola de Palacio. Era su primer trabajo con nombramiento del Congreso, donde ya se adivinaron las excelentes condiciones de una persona prematuramente desaparecida. Finalmente, los medios materiales se concretaron en vehículos y conductores.
Probablemente, la única discrepancia con Fraga no fue directa sino derivada de pretensiones del entorno del presidente. Se pidió que en el juramento o promesa a la Constitución del príncipe Felipe pudiese intervenir el presidente. En la Secretaría General de la Cámara veían muy complicado encajar esa pretensión. Pero insistieron. Insistieron tanto y presionaron tanto que busqué una fórmula: el presidente intervendría en una especie de refrendo simbólico a la intervención del Príncipe. Comprendí que eso sólo sería posible si el Jefe de la Oposición aceptaba. Era un acto demasiado importante como para crear un conflicto. Así que consulté a Fraga, que me dijo con la claridad que le caracterizaba que si el presidente intervenía sería a condición de que hacerlo él también. Harto del tema le dije que ninguno de los dos intervendría. Lo comuniqué asimismo a la gente de La Moncloa que no reaccionaron tampoco nada bien.
Con Fraga he coincidido en muchos aniversarios de la Constitución y en otros acontecimientos institucionales representativos. En algunos momentos de descanso y distensión jugamos al dominó, especialmente durante el encierro en el Parador de Gredos durante la segunda fase de actuación de la ponencia.
No hubiera sido posible la puesta en marcha de la institución del Defensor del Pueblo sin su colaboración. Aunque el desarrollo del artículo 54 fue una proposición de Ley del Grupo Socialista, apoyada por Fraga y con una distante abstención de UCD. Tampoco apoyaron la primera propuesta que hizo Landelino Lavilla en la persona de Joaquín Ruiz-Giménez, que contó con el apoyo de Fraga y de su Grupo. Fue en mi presidencia cuando se concretó el nombramiento de Ruiz-Giménez apoyado en nuestra mayoría absoluta y en el Grupo de Fraga entre otros. También con el apoyo de Fraga fui el presidente del Congreso más votado en mi elección. Su palabra fue clara y definitiva: "A Gregorio hay que votarle".
Siempre Fraga se consideró coautor de la figura del Defensor del Pueblo. Cuidó ese desarrollo y contribuyó a todos los acontecimientos de celebración de la institución; casi siempre nos buscaban como representantes de las dos formaciones que más habían contribuido a su puesta en marcha.
En todos estos años, especialmente a partir de 1977, mi relación con Fraga fue siempre cordial y próxima. Tuvimos confianza en las relaciones políticas y resolvimos temas y formamos acuerdos básicos en temas importantes. Siempre percibí en su comportamiento amistad, espíritu constructivo, lealtad y juego limpio. Era muy fiel con sus amigos e incluso en las relaciones personales actuaba con una proximidad que desprendía ternura. Eran unas condiciones personales que los que no le trataban no podían percibir, con la imagen de hombre duro y distante que parecía imponer su personalidad. Pero nada más lejos de la realidad. España pierde a un hombre de bien, un patriota partidario de los consensos y de los acuerdos y que ponía a España por encima de las ideas y de sus intereses. El paso del tiempo nos hará ver todo lo que perdemos con su desaparición.
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Manuel Fraga, in memóriam
José María Aznar, expresidente del Gobierno, en ABC, 16/01/12. Vía almendron.
A buen seguro un gran número de españoles lamentan la muerte de Manuel Fraga. Y no sólo los ideológicamente afines. Se ha ido don Manuel, y quienes no podemos recordarnos sin recordarlo a él hemos notado una punzada interior. Para muchos, entre los que me incluyo, la marcha de Manuel Fraga representa una pérdida familiar que deja un vacío insustituible.
Manuel Fraga, uno de los padres de la Constitución, presidente fundador del Partido Popular y presidente de la Xunta de Galicia durante dieciséis años, es parte de nuestra historia y, para muchos, es parte de nuestra biografía. Y la historia, que en este caso se confunde con la biografía, debe ser bien contada para que sea comprensible. Hay que contar el destino y hay que contar el camino.
Su camino y su destino han sido los nuestros, los que, de un modo u otro, casi todos hemos transitado, y, de una forma o de otra, casi todos anhelábamos: reforma y consenso como camino; libertad y democracia como destino.
Se ha impuesto entre nosotros una manera extraña de mirar nuestro pasado. Una forma sesgada, desmemoriada y falsa, aunque pretendidamente lúcida y reparadora; una forma que oculta los esfuerzos porque fueron previos al éxito y eso, al parecer, los descalifica. Conviene decirlo con cierta claridad, y especialmente conviene decírselo a los más jóvenes: la democracia no «vino», la democracia la trajeron. La trajeron personas con ideas muy diversas, pero coincidentes en su deseo de normalizar a España como una nación democrática europea. Personas como Manuel Fraga, que impulsó reformas que hicieron posible la modernización, la apertura, y, finalmente, la libertad de la sociedad española.
Los que por edad no participamos directamente en la llegada de la democracia y desde entonces disfrutamos de ella, debemos ser conscientes de que la hicieron posible españoles de bien, cargados de patriotismo, sentido de Estado, visión histórica, generosidad y extraordinaria capacidad de entendimiento con quienes no pensaban como ellos. Nos la trajeron personas como Manuel Fraga. Nada bueno llega a un país porque sí, nada que no sea fruto del trabajo y del sacrificio de muchos, y especialmente de algunos, de los mejores.
Hoy es fácil mirar atrás y concluir que nuestra democracia está muy bien y que todo lo anterior estaba mal. Es fácil comparar la Transición con los años anteriores y arrojar sobre éstos una mirada de desdén; o comparar el brillo de los años ochenta con el color grisáceo de los setenta. Es sencillo hacer historia electoral y asignar éxitos y fracasos, o hablar de modernos y de antiguos. Lo que ocurre es que esto es tan injusto como lo sería que a nosotros se nos juzgara omitiendo toda referencia a las circunstancias reales en las que se producen nuestros actos y las intenciones que ponemos en ellos.
En ausencia de un orden de libertad, Manuel Fraga trabajó para que ese orden fuera posible. Más tarde, se esforzó para que en nuestra joven democracia se asentara un pensamiento liberal conservador apoyado en valores políticos firmes. No sólo cooperó como pocos para crear un sistema político nuevo, sino que tomó parte en él y lo consolidó incluso como presidente de la Xunta de su amada Galicia.
La suya fue una figura pretendidamente superada por el signo de los tiempos, pero el tiempo le dará su verdadera dimensión histórica. Manuel Fraga ha sido con frecuencia víctima de esta ilusión de la anti-historia que se escribe fuera del tiempo y del espacio reales, como ha sido víctima en buena medida la Transición misma, sometida a un empeño revisionista que sería bastante ridículo si no fuera porque ha encontrado en personas e instituciones a las que se supone seriedad a algunos de su principales impulsores.
Se ha llegado incluso a pervertir la historia hasta hacer de la virtud del verdadero consenso -el que consiste en renunciar a un programa para fundar un sistema en el que puedan alojarse programas diversos-, el motivo de una absurda acusación. Se ha pretendido hacer del abandono consciente de una posición propia a favor de un acuerdo de todos una prueba de que «en realidad» quien favoreció el consenso no lo quería porque su opinión originaria no coincidía con el pacto alcanzado. Pese a que el pacto ha sido preservado y defendido hasta el final como un acuerdo sagrado.
Temo que la muerte de Manuel Fraga, pasado muy poco tiempo, sea una nueva ocasión para que los contumaces de la anti-historia vuelvan a la carga con su salmodia. Ojalá nadie caiga en la tentación de darla por buena ni pierda de vista el sentido político destructivo con que se formula.
Si hay un mal del que hemos de protegernos como sociedad urgentemente es éste que pretende hacer de las vidas ejemplares exactamente su reverso. Manuel Fraga trabajó desde dentro para la autodisolución de la dictadura, y lo hizo con éxito. Impulsó la Transición democrática, fue ponente de la Constitución y creó el instrumento político que permitió construir primero y consolidar después una alternativa política al socialismo, una alternativa de la que muchos pudimos formar parte porque él la había puesto en marcha venciendo todo tipo de obstáculos, anticipándose a un colapso de la UCD que pocos supieron prever. La semilla creció y dio fruto porque él la sembró. «Transición», «Constitución» y «Partido Popular» son tres conceptos sencillamente incomprensibles sin Manuel Fraga.
Con Manuel Fraga muere un patriota, un servidor de España. Se nos ha muerto a todos. Porque un hombre de Estado no vive ni muere de un modo ordinario. Un hombre de Estado vive y muere para todos a los que hizo suyos, para todos a los que dedicó su vida. Y la vida de Manuel Fraga ha sido, ante todo, una vida al servicio de España, una vida al servicio de los españoles. Ésa ha sido nuestra fortuna, que alguien de la fuerza, de la inteligencia y de la bondad de Manuel Fraga hiciera de España su vocación, su empeño, su horizonte, su vida. Que estuviera ahí en los momentos clave de nuestra historia política de los últimos cincuenta años para hacerla posible y para darle un sentido al servicio del bien común. Para dignificar el sentido de la palabra «política». Sin él todo habría sido distinto. Sólo por esto merece la sincera gratitud de todos los españoles. Algunos, muchos, le debemos bastante más.
Descanse en paz.
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Acción y pensamiento
Alberto Ruiz-Gallardón en El País, 160112.
Pocas personas pueden presentar en el final de su vida un balance en el que pensamiento y acción estén tan vinculados como en el caso de Manuel Fraga. Toda su larga y fructífera trayectoria es un ejemplo de entrega y trabajo por trasladar la teoría a la práctica, por vincular el mundo de las ideas con la realidad. Quizá ese rasgo sea el que dote de mayor valor a su figura. No fue solo un sólido intelectual, sino también un hábil político que supo poner su inteligencia al servicio de un proyecto para España. Fraga encarna en sí mismo una singular forma de servicio público, una vocación por estar en política que busca, ante todo, el ser útil al conjunto de la sociedad. Solo desde ese prisma, tras el que se esconde una infinita generosidad y una lealtad a España sin límites, se puede comprender el camino recorrido durante toda una vida. Su preocupación fue siempre ocupar el espacio adecuado para promover cambios que favorecieran a nuestro país. Esa es la clave que nos permite interpretar un itinerario en el que se incluyen etapas que algunos no quisieron examinar a fondo.
Como resultado de una excepcional capacidad de análisis, Fraga adoptó decisiones que hoy nos parecen naturales, pero que en su momento no estuvieron exentas de polémicos e intensos debates. Más que un conservador -etiqueta con la que algunos se empeñaron en identificarle-, fue un auténtico reformista. Así, su primer empeño en esa España que se asomaba a la democracia y aprendía a gobernarse a través de las urnas fue evitar cualquier fractura por la derecha que cuestionara ese proceso irreversible que fue la Transición. Conseguido ese objetivo de incorporar a los sectores más distantes -un hecho que hoy parece obvio pero que entonces era un auténtico desafío-, su siguiente meta consistió en contribuir a dotar a España de una norma de convivencia que, fruto del consenso, obtuviera un respaldo político y ciudadano sin precedentes. Su participación y apoyo permitió que nadie en la derecha democrática se sintiera al margen de una Constitución que, por primera vez en la Historia de España, era la de todos.
A partir de ahí el reto era construir, frente a un PSOE hegemónico, una alternativa real, capaz de convertirse en la opción política preferida por los ciudadanos. Y aquí, una vez más, es preciso volver la vista atrás. Porque en la década de los setenta pocos eran capaces de imaginar que España llegaría a contar con una formación política tan solvente y arraigada entre los ciudadanos como el Partido Popular. En absoluto era una tarea fácil. Había que superar personalismos e integrar diferentes corrientes hasta construir una opción moderada cuyo programa apostara por desarrollar políticas de centro reformista. Fue un proceso largo y no exento de dificultades. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que eso era lo que España necesitaba: una herramienta capaz de articular esa alternancia que favorece la estabilidad y el progreso. Ese es el gran mérito de Fraga, el político que impulsó la renovación de unos postulados anclados en el siglo XIX hasta sustituirlos por nuevos planteamientos acordes con las necesidades de la España del siglo XXI. Y todo ello consiguiendo la convergencia del centro y de la derecha en torno al proyecto que él fundó y lideró.
Es el momento de decir adiós a don Manuel, pero también de reivindicar su trayectoria y de renovar el compromiso ético al que dedicó toda su vida. Un compromiso que tuvo como último fin eliminar cualquier obstáculo que imposibilitara la concordia entre los españoles. Son numerosos esos gestos que avalan una actitud que, lejos de ser una pose, era resultado de un sentimiento tan auténtico como sincero y que le permitió, por encima de cualquier idea preconcebida, establecer puentes con quienes pensaban de modo distinto. Suyo es el mérito de sumar a una gran parte de españoles a un tiempo nuevo. Fraga les dio la seguridad de que todos los cambios eran para bien.
En definitiva, Fraga fue un hombre de pensamiento y de acción -un libro de su extensa bibliografía lleva por título Da acción ó pensamento-. Dos esferas inseparables, cuya conjunción nos abre esa perspectiva global desde la que solo es posible comprender y abarcar la verdadera dimensión del afán modernizador que ha dirigido todos los pasos de su vida. Acción y pensamiento sin los cuales -estoy seguro- la España de hoy sería distinta, pues, entre otras cosas, no hubiera encontrado una alternativa política moderna y en sintonía con las necesidades de nuestro tiempo.
Alberto Ruiz-Gallardón es Ministro de Justicia.
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Rosa dijo
El problema de la muerte de Frga es que salen a miles los indocmentados enjuiciadores en las redes socialies, que le tachan de fascista sin tener ni puta idea de quien fue, qué hizo y hasta dónde llegó.
Son hijos de la actual escuala analfabética que no saben hacer ni la o con un canuto.
Auténtica carne de fascismo,, eecofeminismo o de anarquismo follador.
Rosa
17 Enero 2012 | 10:07 AM