La Coctelera

El quicio de la mancebía (EQM)

Reflexiones en torno a las chirriantes bisagras que no nos dejan dormir. Al fondo, las bellas artes.

21 Febrero 2012

Sociales domingos blandos

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Isabel Coixet [España, 1960] posa anteayer con el Goya 2012 a la mejor película documental, por 'Escuchando al juez Garzón' [2011]. Durante su recepción, manifestó:

"[...] Yo personalmente hubiera preferido no tener que hacer este documental. Hubiera preferido que esos tres procesos en los que se ha enfrentado el juez Garzón nunca se hubieran producido. Hubiera preferido que las víctimas que, cada día. acuden a los tribunales, pudieran volver a encontrase con jueces como el juez Garzón. Hubiera preferido que, efectivamente, no hubiera paz para los malvados, pero parece que para algunos si la hay, eh... [aplausos], el Tribunal Supremo, desde luego, puede apartar al juez Garzón de la Justicia, pero la Justicia nada ni nadie podrá apartarla del juez Garzón nunca [...]"

Vía RTVE, 200212.

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A tomar unas cervecitas y a vivir!

El domingo fue un día primoroso en majaderías. Ante las almibaradas declaraciones de Patxi López en su proceso de paz en Gara, sólo cabe la perplejidad si antes no decides tomarle de la mano mientras, con la otra, te unes a Jesús Eguiguren para acabar enlazando con Juan Carlos Izagirre y los suyos, bailando la 'Gizon Dantza'.

Decadente sociedad ésta, a la que Vicente Verdú denomina hoy muy acertadamente en El Paísde bajo coste‘. De moral distraída. diría yo. Donde todo es posible porque nada merece la precisa reflexión que salvaguarda los valores, la cultura, los principios, las reglas de convivencia de un pueblo.

Permitiendo, también ese mismo domingo, que el carnaval se celebrara en la gala de los Goyas, con la excepción sublime de Santiago Segura, fuera un refrito de groserías, estupideces, tacos, 'Muletillas' infiltrados fuera de programa pululando por el patio de butacas. Con una Isabel Coixet gótica, vestida a lo ceja familiar de ZP, poniendo a parir al Tribunal Supremo a costa de Garzón, la exseñoría, prota de su película de 1.259 espectadores, increiblemente premiada.

Con razón el heredero de la Corona parece que declinó la invitación a asistir. En ese circo te puede pasar cualquier cosa. Y eso que estaba entre los candidatos José Mota, a ratos Facundo Collado, guardia de seguridad.

También ese domingo los dindicatos CCOO y UGT celebraron manifestaciones en toda España contra la reforma laboral. En Madrid, al término del acto tomó la palabra el secretario de Organización de CC OO, Francisco Cruz, quien emplazó a los participantes en estos términos:

«Ahora, sin más preámbulos, a tomar cervezas, a vivir y a prepararnos para las movilizaciones del día 29».

Sonó La Internacional y se llenaron los bares de liberados, satisfechos por el deber cumplido.

Este perfil tan bajo no es casual. Lo ha traído la liquidación por derribo de las dos fuentes educativas por excelencia: la familia y la escuela. Así que el futuro lo tenemos muy negro.

Porque ahora hay muchos Patxis, muletillas, y cierrabares poniendo en práctica ese nuevo e irracional sentido común. El derivado del desconocimiento y de la consiguiente incapacidad de razonar y, por tanto, reflexionar. El que desató el terror en los ya viejos Felipe y Rubalcaba la mera posibilidad de que Carmencita Chacón -que también estuvo en la mani de Barcelona, esta vez vestida de sindicalista- se hiciera con el poder del partido.

Pero estamos irremediablemente perdidos: la ignorancia supina ocupará, ocupa ya, la mayoría de altos cargos políticos, sobre todo en la izquierda, porque más cornadas da el hambre y porque a los escasos que han tenido la suerte de haber sido formados medianamente se los va a rifar la empresa privada.

Estoy hablando, como otras veces, de saber leer, escribir y hablar correctamente.

Rara avis.

EQM.

vía

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Sociedad de bajo coste

Vicente Verdú en El País, 190212.

Los aparatos valen y duran poco, como el amor o la amistad. La fuga del capitán del ‘Costa Concordia' simboliza el naufragio de la bondad. ¿Nos convierte la crisis en peores personas?

Más de una vez, a lo largo de esta eterna crisis, nos hemos preguntado si al deterioro del sistema, social o económico, cultural y político, no correspondía también un empeoramiento en la calidad de las personas.

En la dialéctica de toda la vida unos creen que es la sociedad quien decide el valor de los individuos y otros que son los individuos quienes perjudican a la sociedad. La política penitenciaria en Estados Unidos cree que debe aislarse y hasta eliminar al sujeto que daña a la comunidad mientras en España, por ejemplo, la doctrina es que son unas malas condiciones sociales quienes lo malean y, en consecuencia, la culpabilidad ha de buscarse en la organización social. Con la primera idea los individuos merecen la pena de muerte y con la segunda merecen la oportunidad de su reinserción.

¿Fue la codicia y la ignominia de los agentes financieros quienes desencadenaron esta gran crisis o fue el sistema neoliberal quien arrolló los pilares que habían proporcionado estabilidad y prosperidad durante más 10 años seguidos? Lo cierto es que una y otra juntas se sintetizan en una época donde la insignia viene a ser el low cost. Un bajo precio de las cosas unida a su mala prestancia, una corta obsolescencia de los artefactos debido a su deliberada fabricación sin rigor. Y, en paralelo, una corta duración de las amistades, los amores, los vínculos que a su brevedad suman la propensión a la avería.

Igualmente, una a una, las personas inmersas en esa atmósfera poco limpia también ellas se manchan o contagian de algún hollín moral y no se trata solamente de que parezcan más egoístas, menos dignos o de pobres conocimientos, sino que fallan como escopetas de feria en una proporción seguramente coherente con la lasitud de la feria en general.

Un ejemplo significativo que salió hace poco a flote fue la vergonzosa conducta del capitán del Costa Concordia, que abandonó el barco sin cumplir con sus deberes para el salvamento del pasaje. No todos los capitanes han perdido la honra, pero miles de políticos y empresarios han dejado de lado la honradez. Ni parece que haya leyes eficaces para evitar que la sociedad se degrade como pedía Aristóteles en Ética Nicomáquea, ni los preceptos religiosos que armaban la conciencia interior de los creyentes, son cosas de un tiempo donde la relajación hace negocios por todas partes, desde los conciertos a los gimnasios, desde las sesiones de masaje a la medicina natural.

El episodio del Costa Concordia podría ser, exagerando, la metáfora de un naufragio de la condición actual de las personas. No todo el mundo es malo pero muchos han contraído el mal. No va a terminarse el mundo, pero cuando se trata de esta coyuntura financiera casi nadie duda en referirse al "borde del abismo" o al Apocalipsis de san Juan.

A la inmoralidad esencial del sistema económico se añade la carga de la débil moral cívica o personal. Una se encarama en la otra y trabadas se hunden en un momento en que cumplir con la palabra, comportarse con dignidad, respetar a los demás y a sí mismo ha ido perdiendo importancia.

La pérdida de importancia de la integridad es la pérdida de importancia del mundo (y de lo inmundo). Frente a la justicia la lenidad, frente a la honradez la trampa. El peso que han perdido hoy casi todos los objetos conocidos, desde el teléfono a la máquina del tren, se corresponde con la ligereza en que se tienen las categorías que antes pesaban tanto. Pesaban tanto como para cimentar una personalidad respetable y contaban tanto como lo que ahora, como un patrimonio raro, se llamaba la reputabilización.

Se llamaría así, dentro de lo económico, a la confianza que hoy, excepcionalmente, posee un banco o un político. Pero, en general, la reputación fue una condición que hace medio siglo decidía el destino común y sobreentendido de las relaciones, privadas o colectivas.

Una malla con agujeros

Si la irresponsabilidad ha sustituido en buena medida al sentido del deber, la especulación ha hecho lo mismo con el sentido del crédito. No hay producción en la especulación como no hay asiento en la firme personalidad del otro. De ello se deduce una malla social que se agujerea o deshilacha fácilmente y de cuyo desarreglo brotan los individuos tarados. Tipos incapaces de responder ante su extraviada conciencia y sin su sanción, sin acuerdo civilizado la comunidad se desciviliza o, justamente, se envilece.

Esta gran crisis puede llegar a ser, por tanto, una crisis de civilización. A la degradación general de los materiales, la mala calidad de los tejidos, la calculada obsolescencia de los aparatos o la artificial elaboración del pan, sigue, en coherencia, la pérdida de consistencia en las personas. ¿Cómo no pensar, pues, que si el sistema ha colapsado es por efecto de sus materiales revenidos y los defectos de su infame construcción?

Bien, admitámoslo como hipótesis: las gentes de ahora son de peor calidad que las de antes. Pero ¿por qué? Una explicación darwiniana vendría a exponer que ese peor no es otra cosa que una nueva cualidad para sobrevivir en la actual realidad del medio.

Físicamente, cabría decir que una persona íntegra (entera) se aviene mal con un mundo complejo (no integrado) y fraccionado. La gente no sería de este modo peor en sentido absoluto sino que la notaríamos desigual con el paso del tiempo.

La buena persona o la persona honrada, se caracterizaba porque alteraba poco o nada su composición y a esto lo llamábamos ser fiel a sus principios. Poseíamos un retrato de ella y el retrato constituía su único y fiable repertorio. Un retrato de ese "de cuerpo entero" puesto que era así como se definía al ser ejemplar: "un hombre o una mujer de cuerpo entero", "un hombre o una mujer de la cabeza a los pies".

La honradez perfecta amazacotaba el valor (tanto como amazacotaba la miga del pan candeal) hasta hacer una sola pieza uniforme. Seríamos acaso diversos en el carácter, pero seres con alma de oro macizo. Un búnker metálico-moral que precedería al plástico capitalismo de consumo proclive a la flexibilidad.

Los dos factores importantes del sistema de consumo, la novedad y la flexibilidad, el fraccionamiento y la adaptabilidad se oponen a la integridad y la inalterabilidad. Todo ser compacto pesa más e incluso repitiendo su ser se hace mostrenco. Un modelo, tótem en la cultura tradicional, inservible hoy en la cultura del cambio.

La máxima de ser igual a sí mismo, base de la honradez, será opuesta a la novedad sin tregua. Individuos y objetos dejan de ser indivisibles y se hacen transformers ya sea en las relaciones personales, en las laborales o en las morales. La consideración positiva que se confiere a la innovación en todos los ámbitos es consecuente, por tanto, con la inconsecuencia de las personas. Es decir, a su inestabilidad antes que a la permanencia de sus principios básicos.

Las que vemos pues hoy como personas de mala calidad, gentes que, como los objetos, no mantienen su composición deviene en la imposibilidad de fijar en ellas la confianza, y hace obsoleta o la fidelidad. Son el efecto, en suma, de la movilidad incesante que exige la supervivencia. Para todos y para todo.

La paz y las tías

Pero ha de haber alguna explicación más. Las buenas personas fueron la base de nuestra paz. Ahora parece que ese tipo de gentes se han quedado ociosas o demediadas; y día tras día cuesta tropezar con este género de cuya actitud derivaba una bonanza casi vecinal. Podía confiarse en las buenas personas como soportes a través de cuya emulación se sanaba por contagio. Esos pilares actuaban, además, con la mayor naturalidad y era precisamente su real benevolencia, su capacidad de perdón y su asistencia la que decidía el relativo bienestar de los pueblos.

No era necesario que numéricamente fueran legión, pero eran relativamente tantas que constituían una atmósfera o un dominante olor. Tías, antiguas compañeras, primas... Casi siempre estas buenas personas coincidían con ser mujeres, pero también había algunos y principales hombres buenos que en frecuentes ocasiones cumplían como alcaldes, notarios, médicos o abogados que nos ayudaban generosamente y nos asesoraban bien. La pérdida o la fuerte reducción de las buenas personas ha dejado por tanto al grupo social enflaquecido o deshilvanado porque estas gentes en las que convergían muchos otros actuaban como una hilación dentro de cuyo círculo vivíamos más confiados y liberados del inevitable temor de cada relación.

Hace muchos años, cuando no teníamos la televisión, los videojuegos, los vídeos, el cine y hasta la radio, los adultos y los ancianos se distraían mirando a la gente pasar. Los balcones con vistas a la calle mayor, las terrazas de los cafés, las ventanas que daban al paseo o, en general, todo puesto que permitiera contemplar el discurrir de los vecinos eran claramente apreciados.

De la observación y el comentario había, claro está, buenos y malos especialistas. Ojeadores pacientes que con su finura ataban cabos y ligaban historias secretas. Y comentaristas con liderazgo que, en frecuentes ocasiones, lograban difundir sus consideraciones y elevar sus conclusiones a categoría.

Las personas se entretenían así con las personas. Las personas se entretejían así con las personas. Se constituía así un genuino tejido social porque lo excitante consistía en hilar de modo tan fino y audaz como para hacer pasar el hilo argumental de la escena callejera a la escena hogareña y sus ocultos entresijos. Numerosos libros se escribieron a partir de este mínimo punto de vista entre visillos, pero lo importante fue, sin duda, la gigantesca biblioteca romántica (trágica o cómica) que numerosas personas, sin otros medios de distracción, obtenían de otras personas transformadas en actores de películas, novelas o cuentos en vivo.

¿Se amaba la gente más entre sí? No es seguro. Sí resultaba, no obstante, cierto que se necesitaban más. Más en casi cualquier aspecto, desde la sanidad a la compañía, desde la admiración a la envidia, desde la investigación al entretenimiento. Y dependían entre sí mucho más para brindar contenido a las múltiples horas del día y su particular modo de ponderar al personal.

De hecho, las personas se dividían entre las que demostraban fundamento y las que no, siendo la fundamentación igual a la cimentación y la cimentación sinónimo de un arraigo en lo cabal.

En coherencia, el linaje significaba un arraigo en la historia de la herencia familiar. La sangre provenía de arriba como de un manantial que se derramaba desde el cielo y traspasaba la historia a través de los cuerpos bañados por su corriente.

Las familias se desplegaban en el tiempo y los abuelos veían en sus nietos una continuidad vertical que provenía desde sus ancestros y se hundía en la tierra siempre prometida y comprometida ¿Qué ocurre sin embargo ahora? El conocimiento no recibe una inspiración vertical y honda a la manera de los libros, sino que el saber procede de las superficies de las pantallas, de los panoramas de los viajes, de las fachadas de los edificios.

Igualmente, el linaje puro y vertical se reemplaza por la mancha en horizontal. Las familias no trazan una línea de descendencia sino de evanescencia por cuya realidad el valor vuela, se pierde o se transforma. Lo sagrado pesa, es tabú, es débito a la probidad y la honra. Lo laico, poco a poco, tiende a desarticularse, gana velocidad y se deshace en aguas tan libres como turbulentas.

NOTAS.- Enlaces [en azul], corchetes, negritas [con perdón], imágenes y vídeos de diversa procedencia son aportados por EQM. También, por razones discutibles de legibilidad en internet, el incremento de párrafos en textos ajenos, respetando el contenido, que puede leerse en el original pinchando el enlace.

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Rosa

Rosa dijo

En Valencia, a propósito de la reducción de calefacción en un Instituto de enseñanzas medias, se está montanto una movida antisistema en el que participan desde 15M hasta sindicalistas con vocación agitadora antifascista.

Por las tardes, la muchachada, trufada de caballeros que pintan canas y anarcos deseosos de vivir sin Estado, se dedica a cortar la circulación en las principales vías e incendiar contenedores. De momento.

la policía actúa para evitar que eso se convierta en la acampada de Sol. Hay heridos por ambos lados: el Estado de Derecho y los dispuestos a truncarlo.

En los medios, decenas de incultos periodistas que jamás vivieron una mani se dedican tanto a ensalzar las heroicidades de jóvenes y jóvenas, como a denigrar el papel de las fuerzas de seguridad.

La izquierda se relame de gusto, manifestando que la calle legitima lo que le negó la democracia en las urnas.

Asco.

Rosa.

21 Febrero 2012 | 10:00 AM

rev prensa

rev prensa dijo

Aldeanos del instante

Manuel Cruz en El País, 210212.

Ya no somos ni siquiera provincianos. Actualmente se supone que solo el que habita el presente es capaz de conocer lo que sucede. Por eso es cada vez mayor la importancia que se le está dando al testimonio

Al finalizar su célebre conferencia ¿Qué es un clásico?, pronunciada en 1944, T. S. Eliot se refería a un particular provincianismo como el rasgo más característico de nuestra época. Si el provincianismo puede ser definido, en una primera aproximación apresurada, como esa particular estrechez de miras resultante de aplicar patrones adquiridos en un área limitada del conjunto de la experiencia humana o, desplazando levemente el enfoque, de confundir lo contingente con lo esencial, lo efímero con lo permanente, el nuevo provincianismo introduciría una determinación que le dotaría de una especificidad propia.

A diferencia del provincianismo clásico, este otro lo sería del tiempo, no del espacio y, formulado también con una considerable rotundidad, vendría definido por considerar que el mundo es propiedad de los vivos, "una propiedad sobre la que los muertos no tienen derechos", por enunciarlo con las propias palabras del poeta. Para que esta actitud acabe por convertirse en hegemónica se requiere que un doble supuesto se imponga por completo, condicionando y modelando cualquier actitud ante el mundo. El primero es el de la afirmación del presente como única realidad temporal efectivamente importante, a cuyo lado cualquiera de las otras clásicas dimensiones del tiempo apenas alcanza el estatuto de difusa evocación (pasado) o vana ensoñación (futuro).

Pero la operación obtiene toda su eficacia en el momento en que la afirmación anterior se ve acompañada de un convencimiento complementario, de apariencia tan obvia (aunque en el fondo, análogamente injustificada) como el primero, a saber, el de que nadie puede discutir nuestra hegemonía en el conocimiento de ese presente por la sencilla razón de que residimos en él. ¿Quién, si no nosotros, que somos sus protagonistas, podría hablar con mayor conocimiento de causa de lo que nos ocurre, parece ser el supuesto incuestionado? Está claro que el convencimiento no resiste el menor análisis: casi tan claro como que ese convencimiento se encuentra profundamente arraigado en nuestro imaginario colectivo, que tiende a registrar como algo profundamente anti-intuitivo el hecho de que alguien pueda poner en duda el valor de nuestra interpretación acerca de lo que tuvimos ocasión de vivir en primera persona ("¿a mí, que estaba allí, me lo vas a decir?", es frecuente que comentemos, irritados, cuando nos sentimos cuestionados al respecto).

El convencimiento arraiga en una confusión, cada vez más extendida, entre conocimiento y experiencia, que tienden a ser consideradas como realidades asimilables cuando, de hecho, se encuentran nítidamente diferenciadas. Es obvio que, pongamos por caso, la mayor parte de seres humanos poseen la experiencia del amor, del odio, de la envidia, de la ira..., pero eso en modo alguno equivale a afirmar que conozcan la naturaleza profunda de tales emociones, por las que pueden haberse sentido embargados en muchos momentos de sus vidas. De hecho, la pregunta que el paciente, atormentado por un problema personal, dirige al terapeuta cuya ayuda solicita a menudo adopta esta forma, sólo en apariencia paradójica: "¿qué me está pasando?", donde se hace evidente que el supuesto de que toda experiencia es autotransparente carece por completo de fundamento.

Pero el caso es que, mientras las realidades concretas, cotidianas, no nos den problemas, tendemos a instalarnos en dicho supuesto. Más aún, es él el que justifica la engañosa sensación de plenitud que nos produce protagonizar algo, vivirlo en primera persona, etc., como si el mero hecho de que nos pueda estar sucediendo a nosotros nos otorgara una supuesta autoridad gnoseológica para entenderlo y hacerlo entender a otros. Una variante particularmente difundida de esta misma sensación es la que podríamos definir como la de protagonismo por persona interpuesta, representado por los medios de comunicación. En efecto, se ha convertido en uno de los tópicos más reiterados la autocomplaciente insistencia por parte de estos últimos en el eslogan estamos allí (supuestamente para contarlo), en el que el acento recae casi por completo en el simple hecho de la presencia física, quedando relegada el relato o explicación a mero acompañamiento o banda sonora verbal.

Sorprende, a poco que se piense, la escasa importancia concedida a lo que de veras debiera interesar, esto es, el supuesto sentido de esos acontecimientos a cuya narración acuden los medios (en algún caso, en tropel). La interpretación de lo que está pasando, genuina razón de ser de la presencia de los profesionales destacados al efecto "en el lugar de la noticia", en ningún caso suele ocupar mucha atención: de hecho, ese impreciso interés informativo al que se suele hacer alusión al anunciar la noticia misma incluye ya la aceptación acrítica de una versión previa (que es precisamente la que justifica el tiempo que se le está dedicando). Por su parte, los profesionales en cuestión se limitan cada vez con mayor frecuencia a aportar aquellos testimonios que proporcionen el lado humano, la dimensión emotiva o cualquier otro registro ornamental análogo.

En realidad, semejante deriva tiene poco de extraña, y no resulta imputable en exclusiva a ese proceso de banalización que parece afectar a todas las esferas de lo real en esta sociedad postmoderna de nuestros pecados. La deriva mantiene un estrecho paralelismo con el fenómeno que viene ocurriendo en las últimas décadas en el ámbito de la historiografía, donde ha sido tanta la importancia adquirida por la idea del testimonio (especialmente de los supervivientes de las grandes tragedias del siglo XX) que autores ha habido (en concreto, Annette Wieviorka) que han propuesto definir nuestra época precisamente como la era del testigo, caracterizada, en lo esencial, por atribuir a la figura de éste una soberanía casi absoluta a la hora de definir el auténtico conocimiento de los hechos. Probablemente sean el mismo recelo antiteórico, parecida desconfianza hacia las construcciones discursivas más elaboradas, los que subyacen tanto a la tendencia de algunos filósofos de la historia a conceder, sin más, valor de verdad al testimonio del protagonista (por más variaciones que pueda haber sufrido el mismo a largo del tiempo) como a esa pregunta-comodín habitual de tantos entrevistadores, el socorrido "¿cómo se siente?", en el que parece condensarse la renuncia de aquéllos a interpretar con una mínima autonomía crítica lo ocurrido y su sustitución por el relato del estado de ánimo del entrevistado, como si nada de mayor interés pudiera serle ofrecido al público.

Nos encontramos ante un proceso de imparable empobrecimiento de nuestra capacidad de dar cuenta de las transformaciones que se van produciendo en la realidad que nos rodea. Lo relevante, lo digno de ser tomado en cuenta a efectos de intentar entender lo que nos pasa, ha ido padeciendo un proceso de adelgazamiento que, a base de reducirlo a su mínima expresión, ha terminado por convertirlo en un referente vacío. Si sólo existe de veras lo que ahora hay, y de esto únicamente importa lo que me pasa a mí (o aquello en lo que estoy presente, puesto que lo que les pase a otros, o en mi ausencia, no entrará nunca, por definición, bajo mis competencias gnoseológicas), en tal caso nada existe en realidad y apenas cosa alguna puede considerarse merecedora de nuestra atención. Ahora estamos en condiciones de apreciar hasta qué punto se quedaba corto Eliot en su diagnóstico. Incluso la etapa en la que éramos satisfechos provincianos del presente parece haber quedado definitivamente a nuestras espaldas. Ahora tan sólo somos aldeanos del instante —tan satisfechos como cuando éramos provincianos, pero mucho más ignorantes que entonces—.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona

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http://elpais.com/elpais/2012/02/07/opinion/1328616428_858181.htm...

21 Febrero 2012 | 11:02 AM

rev prensa

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Atrapados por el siglo

Fernando García de Cortázar en ABC, 19/02/12.

Hace más de cuatrocientos años, un informe destinado a analizar las causas de las derrotas de España señalaba que «ninguna Monarquía ni reino se perdió ni pasó jamás de uno en otro, sino, o por pecados y sin justicias de los reyes o gobernadores, o por estrago universal de las costumbres de los vasallos». La severa advertencia partía del desacierto de los soberanos, pero también de la actitud de los súbditos de aquella monarquía universal, ante los tropiezos internacionales y la incubación de una crisis que arrastraría más tarde el desguace político y la quiebra económica de la primera potencia de los tiempos modernos.

Como habría de ser constante en los textos de los arbitristas del XVI, el documento no deseaba señalar accidentes estratégicos, desafortunadas políticas de alianzas o la incapacidad económica para sostener el esfuerzo al que España se había obligado. La raíz del problema debía encontrarse en carencias más hondas, que se referían a la justificación última del poder y a la dignidad y decencia del pueblo por él representado. Habían de valorarse las realizaciones de un gobierno y la aptitud y honestidad de sus miembros, pero de igual modo se debía ponderar la condición moral de unos súbditos obligados a preservar los valores de una nación que ejercía su liderazgo en lo que entonces se conocía como el mundo.

Cuando queremos reflexionar sobre la condición de nuestro tiempo, la crisis aparece como un extenuante lugar común que lo define, pero limitada siempre a su versión económica. No vivimos una época de incertidumbre, sino una era de desesperanza, tanto mayor cuanto más altas fueron las expectativas de la expansión y el futuro de un bienestar material garantizado.

Los expertos hacen números y anuncian que las cosas difícilmente volverán a ser como eran. Sin embargo, la crisis no ha sido nada más —y nada menos— que un cambio, una aceleración, un brusco empeoramiento de pérdidas esenciales, que no se referían solo a la abundancia de recursos económicos, sino también a la construcción de un orden moral, un sistema de valores y las paredes maestras de una cultura que, desde hace más de veinte años, han estado dando alarmantes síntomas de cansancio. Un agotamiento más doloroso por la indiferencia generalizada de los dirigentes políticos que tenían la responsabilidad de preservarlos, y ante la frivolidad de una ciudadanía que ha considerado que tales cuestiones eran mera ornamentación de nuestra opulencia.

El verdadero alcance de esta crisis consiste en haber dejado al desnudo la deriva de nuestro modo de vivir, de los valores que han dado un determinado sentido moral a nuestra existencia colectiva. Abandonados a la intemperie por la recesión, averiguamos ahora el curso de una enfermedad silenciosa y tenaz, abrigada bajo la alegre confianza en un bienestar económico y una perspectiva de constante desarrollo material, en la que determinadas preocupaciones parecían ser solo la extravagancia de intelectuales pintorescos o la nostalgia de reaccionarios recelosos ante la novedad.

Habitantes de un continente que ha inspirado la mayor parte de los principios que han dado sentido a la historia del hombre y a su realización plena en la modernidad, vamos a pasar el testigo a una generación que tendrá que vérselas con un paisaje de ruina económica y destrucción de lazos sociales y que tendrá que hacerlo, además, expropiada de los recursos ideológicos que podían orientarla en su amarga travesía , cautiva y desarmada en una perpetua frivolidad y desprovista no solo del conocimiento, sino de la posibilidad de obtenerlo partiendo de la necesidad sincera de saber.

Conviene decirlo, cuando parece que solo nos acechan las penalidades materiales, hijas de la embriaguez del despilfarro. Porque lo que nos angustia no es solo la contundencia de la recesión, sino que las conductas económicas causantes de ella hayan formado parte de un mundo en el que todo estaba permitido, en el que todo era relativo, en el que el interés propio carecía de cualquier limitación colectiva, en el que la conversación se sustituyó por el ladrido político, la lectura privada por la consigna pública, la reflexión intelectual por la adormidera televisiva, y en el que la búsqueda frenética del placer inmediato se confundió con la serena madurez de la felicidad.

En estos años nos hemos conformado con bien poco. No se trata de que hayamos preferido tener a ser, aunque se le parezca bastante. Ahora, en el páramo de nuestra insolvencia económica y la falta de escrúpulos morales, algunos empiezan a añorar determinados preceptos y pautas, objeto antes de burla social y de manipulación política, proponiendo su retorno como condición para salir de nuestro declive.

¿Recuerda alguien las voces de alarma —escasas y vituperadas— que se alzaron cuando el sistema educativo exteriorizó la crisis de autoridad en el aula, el elogio de la promoción adquirida sin esfuerzo y la diversión en la escuela como eje central de la formación de los adolescentes? ¿Es preciso volver a señalar de qué modo se ha confundido la cultura con la evasión, y la expresión «matar el tiempo» ha reflejado abiertamente la negativa a «hacerlo vivir» mientras el ocio se travestía de anestésico y quedaba abolida la admiración por la inteligencia y la exigencia de responsabilidad?

Y, como la cultura no nos hace mejores, sino solamente más atentos a esa condición difícil del mundo, ¿deberemos recordar el modo en que se ha abucheado cualquier asomo de rectitud moral, de reflexión sobre la elección entre el bien y el mal, de ejercicio auténtico de la libertad y de sanción de su uso? ¿Es preciso que recordemos la manera en que la apasionante experiencia de vivir se ha convertido en un mero dejarse llevar por la lógica de un mundo sin raíces humanistas y sin compromiso con el valor social de la propia existencia?

Nuestra crisis ha sacado a la luz la indefensión de una sociedad que creyó posible olvidarse de sus propios fundamentos éticos y que dio la espalda a aquello que, en última instancia, explicaba el desarrollo económico y el alcance del bienestar. Aquella sociedad más sabia, aquella sociedad que tenía los dispositivos morales para encauzar el futuro de una juventud, para señalizar los obstáculos a batir por el esfuerzo personal; aquella sociedad del mérito recompensado y de la profesión bien ejercida, fue derogada a favor de otra, que se enorgullecía de su carencia de sedimento cultural, que parecía satisfecha por vivir sin un sentido de civilización en sus entrañas.
Cuando la opulencia del mundo de la posguerra se estaba construyendo, hombres sagaces como Pasolini o Castoriadis llegaron a referirse a la pérdida de orientación cultural y al ascenso de la insignificancia. También los hubo en otra orilla ideológica, que se refirieron al malestar de una cultura que se nutría de su propia humanidad, de los valores que durante siglos sostuvieron en pie la vigorosa condición del hombre libre.

Para nuestra desgracia, la penuria no encuentra ahora la solidez de un territorio moral desde el que emprender la marcha hacia el futuro, sabiendo a ciencia cierta quiénes hemos sido siempre y lo poco que teníamos que ver con ese mundo a solas, en el que todo lo que era importante pasó a considerarse un accesorio prescindible de nuestra estatura social.

Fernando García de Cortázar es director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad (ABC, 19/02/12)

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http://www.abc.es/historico-opinion/index.asp?ff=20120219&idn=150...

21 Febrero 2012 | 11:39 AM

XXL

XXL dijo

La gala de los Goya como no podía ser menos siguió representando al mundo "progre" de la izquierda, esos que son de izquierdas en todo lo que quieren, en el dinero no, faltaría más. Ellos se encuentran en su salsa navegando por el capitalismo. Pregúntenles a los políticos socialistas que se han forrado y a los sindicalistas rojos que cobran las "ostia" mientras cinco millones ven pasar el sol todas las semanas desde sus bancos de madera, claro.

21 Febrero 2012 | 12:36 PM

Rock duro

Rock duro dijo

Lo del juez Garzón es para contarlo aparte. Parece que los socialistas que no creen en los santos, se están fabricando uno a su medida. Lo que pasa es que este no lleva barba y su voz es casi femenina. Un "santo" al que rezan todos los días para que la santa sede que sea, lo canonice definitivamente y así puedan entronizarlo y llevado a cuestas por todo el mundo como mártir de la democracia canalla. Un "santo" para sacarlo en procesión aprovechando cualquier semana santa que se presente y poder cantarles esas saetas ecofeministas que pretenden poner de moda. Un "santo" para curar todos sus males que ya son demasiados. Lo que ocurre es que ese "santo" rojo, me recuerda a otro del mismo color que vive en las tinieblas y se asa de calor.

21 Febrero 2012 | 12:44 PM

Mártir por cojones

Mártir por cojones dijo

XXl, sobre la PASTA QUE SE LLEVAN los de los sindicatos te envío lo último: "En una rueda de prensa para presentar la Plataforma en Defensa del Estado del bienestar, CÁNDIDO MENDEZ ha evitado comprometerse a hacer públicos los MILLONARIOS SUELDOS de los dirigentes sindicales y aplicarse así lo que exigen a otras personas que viven del erario público."

21 Febrero 2012 | 01:22 PM

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Apoyado en el quicio, perplejo y preocupado ante una sociedad blanda que pasa de historias, tratando de averiguar por qué chirría con su amado óxido. Para mis adentros. Será la edad (España).



La partida continúa hasta la derrota del terrorismo. Fot. Mitxi.

Algunas versiones de 'Ojos verdes'

['Apoyá en er quisio de la mansebía...']:

Aquí para escuchar a Dña. Concha Piquer. Vía Aiseilles.

Aquí para escuchar el collage digital [dueto] de Rocío Jurado & Pasión Vega.

Aquí para escuchar a Isabel Pantoja.

Aquí para escuchar a Carlos Cano.

Aquí para escuchar a Amália Rodrigues.

Aquí para escuchar a Concha Buika.

Aquí para escuchar a Martirio.

Aquí para escuchar a Rocío Jurado.

Aquí para escuchar a Plácido Domingo.


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